Del conocimiento inservible

Federico  Ballí  2018-03-30

Hace cierto tiempo, platicaba sobre la inutilidad de la filosofía con un viejo amigo mío, un médico encaminado a conseguir su especialidad; desde su punto de vista, la filosofía es tan sólo un vestigio del pasado, un producto de su época, un estudio que en su tiempo tuvo cabida pero que en la modernidad carece de utilidad. He de admitir que, tras dar varios argumentos de peso, terminó por convencerme: a diferencia de la medicina, la filosofía no es capaz de salvar vidas; a diferencia de las ciencias, no es capaz de explotar el universo a nuestro favor; en otras palabras, no tiene un efecto concreto, un beneficio cuantificable, en nuestras vidas. ¡Quién podría rebatir eso!

La filosofía no tiene ninguna utilidad y todo tiempo enfocado a ella es tiempo perdido. El resto de las humanidades, queda claro, caen en la misma categoría. ¿Cuál es la función del derecho si ya hemos vivido con una serie de leyes y seguiremos viviendo con ellas? ¿Y las artes? Son tan sólo un defecto de educación o biológico o ambos. Incluso si las consideramos necesarias, ¿no tenemos ya una amplia selección que podría satisfacer a cualquier persona de por vida? Al fin y al cabo, el tiempo que se le dedica a estas tareas, ya sea como creador o espectador, no es sino un tiempo desperdiciado que debería desalentarse. Platón estaba en lo correcto ―sí, también me sorprende que un filósofo dijera algo de valor, pero hasta la filosofía tuvo aciertos en su momento―, aunque se equivocó en los detalles: deberíamos desterrar a los poetas ―y actores y escultores y pintores y... todo eso― pero no por sus posibles influencias en el espíritu humano, sino por el tiempo útil que consumen, las horas-hombre que sacrifican bajo el ocio.

El único estudio verdaderamente útil es el de las ciencias. A partir de éstas nace todo el conocimiento útil, vale la pena resaltar la palabra para contrastarla más adelante con lo inútil. Así, todas las áreas serias del conocimiento se han enfocado en la acertadísima tarea de encontrar un lazo con la ciencia, aunque sólo sea agregando el término a su nombre, para enfatizar lo importante de su saber. En forma notable, las ciencias sociales han comprendido la propuesta del nuevo milenio. No sólo se han apropiado del término “ciencia” para denotar la utilidad de su conocimiento y el rigor de sus métodos, sino que también han decidido importar los métodos propios del laboratorio. El buen científico social sabe bien que la estadística es una herramienta indispensable y a lo largo de su carrera aprende a manipularla con maestría para sustentar sus hipótesis. En forma similar, hace poco también leí que algunos historiadores deseaban unir filas con las áreas serias del conocimiento y seguir los métodos científicos; ¡cuál fue mi alegría al saber que la historia seguirá teniendo cierta utilidad! Seré el primero en decir que es un alivio saber que se desharán de la desagradable subjetividad humana que suele estar presente en todo recuento histórico, aunque me pregunto cómo lograrán hacerlo. También cuestiono cómo lograrán reproducir con exactitud los eventos del pasado para comprobar que, en efecto, las cosas no pudieron suceder de otra forma; cruzo los dedos porque, si deciden recrear una época, no inicien con una guerra mundial.

Imagen 1

Ahora bien, antes de adentrarnos más en la materia y seguir con el diagnóstico de la inutilidad de la filosofía, vale la pena señalar a ciertos adefesios que se ocultan bajo el sagrado nombre de la ciencia. Quizá el lector atento ya tendrá en mente a algunos de estos aborrecibles criminales; despreciables, asquerosos, tramposos, esta clase de pensadores son una peste para sus respectivas ramas. Se arrastran sin ser vistos, se escudan bajo la legítima importancia de sus respectivas ciencias, estudian por el placer de generar conocimientos nuevos sin preguntarse si éstos serán útiles; me refiero aquí a físicos que debaten sobre gatos que están vivos y muertos al mismo tiempo ―uno debería reconocer la inutilidad de sus discusiones cuando éstas se acercan más a lo que planteaba Bergson, que a las infalibles palabras de un genio como Einstein―, astrónomos que se detienen a observar cuerpos celestes que nunca alcanzaremos, químicos más interesados en la posibilidad de crear elementos inestables que en generar una batería más eficiente para mi nuevo iPhone. Todos estos herejes no tienen respeto por su rama de estudio y, por supuesto, deberían desaparecer. ¿No entienden que la ciencia es un campo serio dedicado a alimentar la maquinaria del progreso?

En efecto, deberíamos preguntarnos si algunas ciencias no han cumplido ya su ciclo de vida, si no es hora de que desaparezcan antes de humillarse a sí mismas como ahora lo hace la filosofía, que se niega a cerrar sus puertas y aceptar su muerte. Tras el descubrimiento de la partícula de Dios ―¡vaya término anticientífico!―, ¿cuántos años le quedan a la física antes de que ésta se base en discusiones vacías y promesas falsas para mantenerse a flote? ¿Cuántas décadas faltan antes de que el ingeniero petroquímico agote su función junto con las reservas de petróleo? Quizá el único destino para todos estos campos en los umbrales de la decadencia es destinar sus servicios a una ciencia de mayor utilidad. Por supuesto, y el lector atento concordará conmigo en este punto, la única ciencia legítima es la medicina, pues ésta se enfoca en el único acto verdaderamente útil: cambiar la causa de defunción, eh, más bien, quiero decir, aumentar la esperanza de vida. Quizá en algún momento podríamos hablar de la computación y la ingeniería en sistemas, con la esperanza de que, si todo lo demás falla, éstas nos permitan acceder a la inmortalidad; pero, de momento, toda rama del conocimiento debería aspirar al único tipo de utilidad científicamente comprobada: aumentar un día más de nuestras vidas. ¿Puedes imaginarlo, lector? Trabajar en algo que detestas, comer mal, cuestionar tus decisiones de vida, dormir tan sólo un par de horas, preocuparte por pagar tus cuentas, vivir la monotonía de una vida sin emoción, plantearte el suicidio, en fin, ser útil por un día más. ¿No es acaso un sueño realizado?

Si nos deshacemos de la filosofía, si concentramos toda nuestra energía, todos nuestros esfuerzos, en perpetuar nuestra subsistencia, lograríamos precisamente eso: subsistir. Por el módico precio de abandonar todos nuestros sueños, se nos abriría la posibilidad ―cabe resaltar esta palabra― de vivir un día más con el fin de... vivir un día más. ¿Por qué cuestionarnos el propósito de nuestra existencia si éste ya está dado? ¿Cuántos estudios no serían posibles sin la molesta bioética que los impide? ¿Quién necesita cuestionamientos estéticos si las generaciones anteriores ya se encargaron de hacerlos? ¿A quién le importa lo que dijo Hegel si ni siquiera él se entendía?

Imagen 2

Con las observaciones anteriores, me parece claro que la filosofía se encuentra en un estado de putrefacción; es tan sólo una sombra de lo que solía ser, renuente a cambiar junto con los tiempos. Quizá si la filosofía abandonara su torre de marfil, quizá si descendiera de la montaña para acercarse a quienes la necesitan, esta conversación no sería necesaria. La filosofía murió el día en que dejó de hacer preguntas, cuando cambió las incertidumbres por dogmas fáciles, masticables.

***

Federico Ballí: narrador, poeta, ensayista y filósofo de clóset. Ha colaborado con la gaceta Lammadame, el blog Filopalabra y las revistas Nocturnario, Monolito y El comité 1973. En la actualidad, trabaja como editor y columnista en Filosofía de Clóset.