¿Consumir filosofía?

Ana Lucía  Rodríguez  Fernández 2018-03-30

En uno de mis purificados traslados espaciales en coche, con las ventanas arriba, el aire acondicionado y la comodidad de mi casa móvil, prendí la radio —tenía que aislarme también acústicamente— y, justamente, anunciaban un libro de tips de pareja, algo así como un manual en siete pasos sobre cómo conquistar al otro. Se llamaba Del punto “a” al punto “g”. Este curioso título me hizo pensar en lo que se ha convertido el pensamiento, la reflexión e, incluso, la filosofía en nuestros tiempos. Parece que los periodistas y encargados de la comunicación han monopolizado la difusión de las reflexiones. Eso es lo que escuchamos en la radio; eso es lo que consumimos diariamente —así como consumimos violencia, noticias, comida rápida y relaciones personales—. El tráfico de la ciudad se prestó para que dejara correr mi mente; se prestó para que me pusiera a reflexionar sobre nuestro quehacer desde el pensamiento filosófico. ¿Cuál es nuestro papel hoy en día?

El programa me pareció de una violencia sutil: un intento por conquistar al otro, por tratarlo como un objeto al que podemos poseer siguiendo unos sencillos pasos. Esto me hizo pensar en nuestra cultura híper-individual que da lugar, y que sólo podría darse, en un mundo globalizado. Del punto “a” al punto “g”. ¡Claro! Del aislamiento a la globalización. Estamos inmersos en una lógica que enaltece al individuo, donde el otro se presenta siempre como una amenaza —yo iba con las ventanillas arriba, con el aire acondicionado, inmersa en mis pensamientos—. Total aislamiento. Parece que en este consumo de pensamiento, el otro siempre es negado, y ¿qué mejor forma de hacerlo que bajo el disfraz de la globalización y el multiculturalismo? Esta cómoda coartada es perfecta: permite que nos instalemos “dentro” de nosotros mismos, es la envoltura plastificada de nuestra persona. Paradójicamente, somos personajes des(en-contra)dos en un mundo que parece promover el encuentro, que parece ser el encuentro mismo. ¿Cómo incluir lo diferente en lo mismo? ¿Cómo incluir al otro excluido en la lógica global? Estas preguntas son las que han dado lugar a nuestra cultura; sin embargo me parece que falsean el propósito: el otro no puede universalizarse, no puede conquistarse. ¿Por qué no mejor preguntar cómo des-incluirnos? ¿Cómo enfrentar lo distinto y aguantar la angustia de estar ante lo descocido, ante lo inaprehensible?

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Y entonces la pregunta por la filosofía. Parece que el pensamiento se ha cansado de pensar; parece que ha sido devorado por los medios de comunicación masiva que homogenizan. ¿Qué ánimo le puede quedar a quienes se preocupan por la reflexión si, una y otra vez, vuelven a ser arrastrados por el acelerado remolino de la novedad? Parece que se ha cancelado la posibilidad misma de la reflexión; parece que todo lo que pueda decirse o escribirse, se queda siempre corto. ¿De qué sirve leer a los filósofos? ¿De qué sirve escribir sobre la violencia, reflexionar sobre la justicia, o sobre el poder, o sobre la sociedad que va del punto “a” al punto “g”? ¿Cambiaría algo en la vida real? Parece que no; parece que la palabra se ha vuelto un peso. Realmente a poca gente parece interesarle la filosofía y poca gente se detiene en el pensar. ¿Por qué o para qué pensar-escribir? ¿Quién leería? ¿Qué incidencia tendría en el mundo allá afuera? El mismo pequeño círculo de siempre, o sólo una persona y a la papelera. Aislamiento en este mundo globalizado.

Cada vez, toda vez, que el mundo real se ha enfrentado con la teoría, parece que la deja muda. Parece que lo académico poco puede hacer en la transformación del mundo. Entonces, ¿por qué escribir filosofía? ¿Por qué hablar sobre el mundo y sobre los problemas que nos desbordan si no podemos hacer nada contra ellos? ¿No se suponía que el objetivo de la crítica y del pensamiento filosófico era buscar la transformación? Quizá estamos partiendo del supuesto incorrecto, quizá la filosofía en nuestro tiempo no ha de dar respuesta, sino hacer preguntas. Preguntar y sembrar la pregunta. Ésta es posibilidad de movimiento. Se nos ha recetado que la realidad es así y con ello hemos dejado que se sedimente. Pero, si preguntamos, si de verdad nos planteamos un simple ¿y si no es así? La sorpresa siempre nos toma desprevenidos. Y es precisamente la sorpresa el motor de la filosofía; ésta nos coloca… o nos descoloca. Fue entonces cuando recordé a Deleuze y su idea de la filosofía como una conversación constante, siempre inacabada: un diálogo que mantiene las negociaciones con los grandes poderes. Según él, la filosofía no es un poder, pero

“puede librar batallas contra los poderes, pero mantiene, sin embargo, una guerra sin batalla, una guerra de guerrillas contra ellos.”

¿Para qué hacer filosofía en un tiempo que nos coloca como impotentes? No creo que el papel de la filosofía sea el de gestar una especie de ilusión ingenua; la impotencia muchas veces nos desborda y la desilusión fáctica ya ha corroído todo, como una enfermedad que desmorona las ganas, y de eso no hay retorno. Pero ahí, entre las ruinas y el polvo, entre los escombros de una confianza pasada, es donde podemos sembrar los retoños de nuevas posibilidades de pensamiento. Un pensamiento sobre la vida, sobre nuestra sociedad y sobre nosotros mismos. La filosofía es también una guerrilla contra nosotros mismos: contra nuestros propios lugares de pensamiento cómodo. Contra nuestro propio aislamiento. ¡Comprometámonos con nuestro propio decir antes de intentar transformar el mundo! Pensar y escribir filosofía son una especie de creación, son un ejercicio de rebeldía y de producción en un mundo que nos receta cómo hemos de “filosofar”. Hacer filosofía es una guerrilla, es un movimiento incesante, interminable e incansable: motor de la transformación.

Este compromiso, que parece colocarse en el punto a, que parece una afirmación del yo, detona la posibilidad de una escucha del otro; expande la escucha de la diferencia. No para afirmar una globalización, sino para dar cabida al diálogo; a la escucha. La filosofía de este siglo ha de florecer entre cenizas y ruinas. Lo difícil es creer. Pero estamos obligados… es una responsabilidad el constante cuestionar, porque sólo así puede moverse algo, sólo así puede haber efectos. Tenemos que… pese a que parezca una tarea imposible. Creo que, además y sobre todo, la filosofía ha de luchar constantemente contra la impotencia. Me parece que, por principio, hay que plantearnos la pregunta sobre qué tenemos que ver, cada uno, con lo que sucede en el mundo allá afuera… qué es lo que cada quién tiene de responsabilidad. Quizá no esté tan fuera de nosotros esta violencia que nos desborda. Como espectadores, como consumidores, también jugamos un papel, y hemos de preguntarnos qué tenemos que ver con aquello que nos sucede.

Ejercicio de pensamiento: ¿y si no? ¿De qué serviría pensar si pensásemos siempre lo mismo?, ¿qué sentido tendría crear si no creásemos algo nuevo, si no se transformara algo en nosotros? Defender el pensamiento filosófico es defender la búsqueda; es abrir preguntas. Quizá ahí, en el salto, en el dejarnos devenir sin buscarnos, logremos perdernos; y entonces habremos hecho algo interesante. No se trata de erigir verdades filosóficas, pero sí de asumir un compromiso con el decir y con el pensar propio; compromiso que implica una guerrilla. Quien reflexiona salta en el abismo y pone en duda toda receta, todos los pasos a seguir. Filosofar es ese acto que, en un instante presente, exige la creación, la trasmudación y transformación de sí mismo. La filosofía es una especie de actuar ético: tiene que ver con cierto modo de posicionarse frente al mundo; postura que apela a la acción, a un comprometerse con la experiencia y no con aquello que debemos consumir… compromiso con la vida misma.

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Los diálogos, las conversaciones, que abre la filosofía, nos invisten y nos colocan en contra de los ideales que adormecen e impiden el pensar, que coartan la acción en aras de una aceptación común. He ahí la apuesta de la filosofía en nuestro siglo: poner en duda. Sólo aquí se abre la posibilidad de que cada sujeto se comprometa con su propio decir; la posibilidad de que se sobreponga —aunque sea por momentos— a las recetas, a la opinión de los medios… y a la comida rápida.

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Ana Lucía Rodríguez Fernández: licenciada en Filosofía por la Universidad Iberoamericana, y maestra en “Saberes sobre Subjetividad y Violencia” por el Colegio de Saberes. Actualmente, cursa la especialidad en “Práctica psicoanalítica: posicionamiento ético ante el dolor”, y el doctorado en “Saberes Sobre Subjetividad y Violencia” -ambos en el Colegio de Saberes-. Cuenta con estudios en el Círculo Psicoanalítico Mexicano, así como en el Nuevo Centro de Estudios de Psicoanálisis (NUCEP), Madrid. Es autora de varios artículos relacionados con la filosofía y con el psicoanálisis