Filosofía mexicana: un desafío permanente

Mario  Ruiz  Sotelo 2018-03-30

La filosofía se encuentra, oculta, en las palabras, en las ideas, en los pensamientos. Cuando pensamos, pensamos lo que nos han heredado siglos de reflexión; lo que los filósofos han creado, descubierto, inventado a partir de múltiples discusiones, y que hoy consigue significar nuestra idea del mundo. Cuando alguien dice: “que Dios te ilumine”, piensa de acuerdo con Agustín de Hipona; cuando se piensa: “tendré mi propio negocio”, se asume en la tradición filosófica del liberalismo; cuando una persona afirma: “mi patrón me explota”, reconoce como propia la interpretación marxista. La filosofía puede hallarse en todas partes; está en todos los habitantes de una comunidad. Se encuentra incluso en los mitos cosmogónicos, en las historias orales que guardan los secretos con los cuales un pueblo sabe darle sentido a su existencia. No necesariamente, pues, hay antítesis mito-logos: el mito es un logos escondido en símbolos que implican un sentido racional de la vida misma. Por lo dicho, se entiende que la filosofía no nace, como se ha creído, después de satisfacer las necesidades materiales. La filosofía, o su equivalente, el pensamiento reflexivo, e incluso, el pensamiento mítico, es también una necesidad primaria. Sin ellos no podemos conducirnos por la vida.

Así con la filosofía, en general; así con la filosofía mexicana, en particular. Sobre ésta, es pertinente hacer una puntualización. La filosofía mexicana es aquella que surge a partir de la realidad histórica de lo que consideramos la sociedad de México. Hay una diferencia importante entre los términos “filosofía mexicana” y “filosofía en México”. Para la primera, la realidad mexicana es un elemento sustantivo; para lo segunda, un accidente. De la primera hay quienes cuestionan su originalidad, sus aportaciones e incluso su existencia; la segunda, en cambio, es inobjetable. Muchos dudan de las aportaciones de los filósofos mexicanos a la filosofía; por el contrario, no se duda, no se cuestiona que la filosofía académica se ha asentado en México desde hace cerca de cinco siglos. Así pues, habremos de centrar nuestro interés en la filosofía mexicana, pues en ella se encuentra el debate filosófico que nos interesa destacar.

Si, como advertimos desde el principio, la filosofía se encuentra donde se realiza una reflexión sistemática, mitos incluidos, entonces debemos encontrarla en la realidad mexicana. Ahora bien, quizá el primer problema que podemos advertir en torno a la filosofía mexicana gira justamente en torno al momento de inicio de lo que llamamos “realidad mexicana”. Si nos atenemos a una respuesta jurídica y política, lo mexicano propiamente dicho no comienza sino hasta después de la Independencia, es decir, cuando logra conformarse el Estado Nación que llamamos México. Sería el resultado de un proceso iniciado por Hidalgo, pero definido por Morelos y el Congreso de Chilpancingo y la consecuente Constitución de Apatzingán, que en 1814 decretó la independencia de lo que llamó la América Mexicana . Poco después vendría el Imperio Mexicano, en 1821, con Iturbide, y finalmente la República de los Estados Unidos Mexicanos, en 1824. Antes de eso, no existiría México, ni tampoco, en consecuencia, la realidad mexicana ni la filosofía que podríamos llamar así. ¿Qué pasa entonces con lo que llamamos “época colonial” (o virreinal)? ¿La Nueva España puede considerarse como parte de la realidad mexicana? Y lo que llamamos “época prehispánica” (o incluso “México Antiguo”) ¿es válido o no considerarlo mexicano? ¿No viene acaso la palabra “México” justamente de ahí?

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Cuando se construye la independencia del Estado Mexicano se prosigue lo que se venía haciendo desde hacía siglos: resignificar el pasado para apropiarse de él. Llamarle a la Nueva España “colonia” o “virreinato” implica dos formas de interpretarla y por consiguiente, de vincularse con ella. Fue una realidad ilegítima, de facto, de resistencia, o quizá legítima, formativa, pero de cualquier manera, propia. Algo semejante puede ocurrir con el pasado indígena. Se le puede pensar como un mundo civilizado o bárbaro, pero es difícil desconocer del todo su herencia. Como decíamos, el nombre mismo del País viene de ahí, al igual que buena parte de la toponimia; incluso el escudo nacional, que simboliza justo el origen de lo que llamamos “mexicano”. Pero lo más importante: subsiste hasta nuestros días un sector de la población cuyas lenguas, tradiciones, creencias, se anclan ahí y son inequívocamente, por supuesto, parte de la realidad mexicana.

Si aceptamos esto último, entonces tendremos que aceptar que la realidad mexicana tiene un pasado remoto. Que México existe antes de México. Sus pueblos originarios preexisten al Estado mexicano, y además, lo subsisten. Lo subsisten y lo sustancian; le otorgan una dimensión ontológica que va más allá de los límites jurídicos y políticos claramente marcados. En efecto, si la filosofía podemos hallarla en las reflexiones de los pueblos, entonces la filosofía mexicana debemos buscarla también en sus pueblos originarios. No encontraremos ahí, como podría pensarse, “el ser de México”. Encontraremos una forma del ser filosófico; un pensamiento original, originario y originante. Una filosofía encubierta pero viva, que es necesario redescubrir y de la cual podemos aprender.

Lo anterior, por supuesto, no es precisamente una novedad. En 1956 Miguel León Portilla presentó su capital obra, La Filosofía Náhuatl, que es transgresora desde su propio nombre. Esto es, si existe una filosofía náhuatl, entonces no es cierto que la filosofía tenga origen exclusivo en Grecia, y sería necesario reconocer su génesis múltiple, incluso mesoamericana. Más aún: en la época colonial se le llamaba comúnmente al náhuatl “lengua mexicana”, denominación que se mantiene en varios pueblos del México de hoy. Siendo así, a la filosofía náhuatl se le podría llamar también filosofía mexicana, refiriendo, por supuesto, una mexicanidad antigua, diferente a la mexicanidad moderna, pero con la posibilidad de reconocer entre ellas líneas de continuidad. Esto no es un despropósito, pues los pueblos nahuas de hoy mantienen vivos varios elementos del pensamiento náhuatl antiguo, siendo ese pensamiento, o si se quiere, esa filosofía, parte del pensamiento del México contemporáneo.

De manera análoga, Carlos Lenkersdorf escribió hacia el año 2002 su obra Filosofar en clave tojolabal, donde recupera parte de sus conclusiones tras cerca de tres décadas de convivir con la señalada comunidad de Chiapas. Lenkersdorf estudió detalladamente la semiología de la lengua tojolabal y encontró, entre otras cosas, la marcada persistencia del vocablo Tik, que significa “nosotros”, y tras el cual puede advertirse una cosmovisión que guarda ideas filosóficas propias. Es así que habla de un sujeto nosótrico, contrapuesto al sujeto solipsista cartesiano, tras el cual se edifican relaciones humanas contrapuestas a la idea moderna, de la cual incluso pueden ser críticos severos. El tojolabal piensa al sujeto colectivamente, y toda acción no puede sino pensarse nosótricamente. Lo nosótrico es una cosmovivencia tras la cual puede explicarse la resistencia de los pueblos indoamericanos a ser asimilados por el México moderno; su convicción de considerarse tojol´ab´al, hombres y mujeres verdaderos, es decir, con su propia idea del mundo, con la necesidad de escuchar y ser escuchados.

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La filosofía mexicana se afianzará más como disciplina filosófica en la medida que consiga conocer mejor la realidad mexicana. Aquí hemos subrayado su papel en el estudio de los pueblos originarios, en la necesidad de filosofar su pensamiento. Quizá algunos se nieguen a reconocer tal pensamiento como filosofía, pero difícilmente podrán negar que es filosofable. Que la filosofía tiene mucho que descubrir ahí. Que de ahí puede recuperar pensamientos negados, discriminados, incomprendidos, que pueden enseñarle mucho al pensamiento de hoy. Que la discriminación es en realidad incomprensión, etnocentrismo, ignorancia, elementos que la filosofía en general, y la filosofía mexicana en particular, tiene que comprometerse en superar a través de nuevas formas de pensar la realidad.

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Mario Ruiz Sotelo: profesor investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Autor del libro Crítica de la Razón Imperial. La filosofía política de Bartolomé de Las Casas.