Soy mujer, pero no feminista

Cecilia  Amaro  2018-03-30

#MiPrimerAcoso #MeToo #feminismo #feminista #igualdad #lenguaje #machista #micromachismos #violenciadegenero #VivasNosQueremos #feminicidios #NiUnaMenos #SiMeMatan #empoderamiento #empoderar #empowerment #empowering #girlpower #powerofwomen #empoderadas...se podrían llenar hojas, paredes, espacios con todos los hashtag que aluden a algún movimiento feminista, que van desde la denuncia hasta la burla. Y es justo de esto con lo que quiero estrenar esta columna de la revista Filosofía de Clóset. Una revista, curiosamente, liderada, planeada y diseñada por una mujer. Ya oigo, por un lado aplausos y gritos: ¡Bendita época en la que la mujer tiene voz (y voto)! ¡Ahí, están los resultados de la lucha feminista! Por otro lado, gestos de indiferencia.

Ante ese escenario que en mi cabeza se representa, me pregunto: ¿es en serio que le debo de dar las gracias a las feministas por tener un puesto de trabajo? ¿En verdad les debo a ellas que en esta época una mujer pueda dirigir y formar un equipo de trabajo? ¿En serio les debo a ellas tanto como pregonan? Seguramente, hay que agradecerle a cada séquito de mujeres que intervino, tanto en lo social como en lo político, para transformar el mundo o progresar. Pero así, como las mujeres han logrado, desde donde pueden y quieren, algo, los hombres, de igual manera lo han logrado. Y es justo esa unión de fuerzas lo que ha hecho que mi contexto de mexicana sea diferente al del resto del mundo, por múltiples factores. Así, mi respuesta es: ¡No! No les debo nada a las feministas. Ya escucho los chiflidos y enojos de las mujeres abanderadas de X o Y: ¡Malagradecida! ¡Otra ciega! ¡Perpetuadora del machismo! ¡Misógina de clóset!

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A esas voces les respondo: no les debo nada. En primer lugar, porque desde que la humanidad existe se ha organizado en grupos de hombres y mujeres. Con el crecimiento poblacional, los grupos sociales se tuvieron que repartir deberes y actividades. Desde ese entonces, cada uno tenía que hacerse responsable de ello y cuidar que las siguientes generaciones lo aprendieran para sobrevivir como especie. A lo largo de cada época, los hombres y las mujeres han transformado el mundo por igual. Sí, ya oigo los gritos: ¡pero es mayor el número de hombres reconocidos que de mujeres! A esas voces, les digo: si es por cantidad, estamos en graves problemas. Ningún sistema se regula a la perfección 50%-50%, siempre un grupo es mayoría frente a otra minoría, por lo tanto, la mayor perfección a la que podemos aspirar se reduce a un 60%-40%. ¿En qué momento, lo cuantitativo sustituyó a lo cualitativo? La relación entre hombres y mujeres se ha convertido en una competencia infantil: de a ver quién tiene más fuercitas, a ver quién tiene el equipo más grande, a ver quién tiene más logros, a ver si es cierto que las niñas pueden superar a los niños. Relación que se traduce en #empoderamiento #empoderar #empowerment #empowering #girlpower #powerofwomen #empoderadas #machista #micromachismos. Una relación que insulta nuestras capacidades humanas. Un revanchismo vacuo.

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Revanchismo vacuo que ha llevado a cuantificar cuántos homicidios, perdón feminicidios, se cometen a diario, por minuto, por segundo, a nivel estatal, nacional, mundial. Fáciles de reconocer y ubicar por: #violenciadegenero #VivasNosQueremos #feminicidios #NiUnaMenos #SiMeMatan. Voces de mujeres indignadas se lanzan contra los presuntos feminicidas. A esas voces les digo ¡Basta! Ya fue suficiente de que se alteren por la muerte de una mujer. Ya fue suficiente de crear su propio lenguaje legal y psicologizante para que se les haga caso. Yo, al igual que ustedes, soy mujer, pero ni es más, ni es menos relevante una muerte de una mujer que la de un hombre o la de un niño. La muerte de todo ser humano, menor de edad o mayor de edad, es igual de grave, aterrador y condenable. Es igual de insultante y vergonzoso que no se apliquen los procedimientos y procesos legales pertinentes ante la privación de la vida de una mujer y la de un hombre. No importan las causas y las intenciones, es igual de abominable que una persona atente contra la vida de otra, así como resulta de impotente que en nuestro siglo siga existiendo el odio, la venganza, la ira y el coraje contra otras personas y se traduzca en amenazas, acosos y múltiples delitos.

Los movimientos, si es que se les puede denominar así, #MiPrimerAcoso y #MeToo, ponen sobre la mesa los mecanismo que emplea un hombre para controlar o intimidar a una mujer. Un problema que, penosamente, no se ha llevado a buen término. Pues tal parece que, como hordas, las mujeres sólo se unen para expresar eso que una de ellas ya había “olvidado” y que, justo al escuchar el caso de A, “recordó”. Si el punto es denunciar, entonces se debe exigir que las instancias para las denuncias y todos los procesos y procedimientos se lleven a cabo. Si se trata de mostrar a estos casos para dimensionar la gravedad del asunto, entonces, es momento de educarnos para controlar nuestra sed de dominar al otro. Tanto el hombre como la mujer, buscan posicionarse por encima del otro porque, en resumen, somos narcisistas, egoístas que nos asumimos dentro de la lógica de la voluntad de poder. La humanidad no ha superado las figuras de camello y de león, de amo y de esclavo, de acreedor y de deudor.

Ser o no ser feminista. Ser o no ser de X o Y bandera. Está llevando a nuestra sociedad a un estado de violencia velada, de odio fermentado y de incomprensión. A un estado sin escucha, irrespetuoso y prepotente. Si en verdad esos grupos buscan la igualdad de género, entonces, es momento de pensar sin géneros. Es momento de entendernos como una especie con diferentes características biológicas y diversas limitaciones, pero pese a ello, obligada a una sociedad. Antes de predominar: soy niña, soy niño, soy hombre, soy mujer, asumámonos como colectividad con diferentes rostros, gustos, identidades, edades, costumbres, incluso, constitución biológica y fisiológica.

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Aunque me entiendo y me asumo como mujer, soy, ante todo, un ser humano. Soy un ser humano que siempre se ha entendido inmerso en una sociedad con sus usos, costumbres y creencias. Soy un ser social al que se le ha obligado someterse a una nacionalidad, religión, educación, lengua y a la convivencia constante con el sexo opuesto. En mi cabeza, no me distingo del resto de los seres humanos, pues me entiendo como tal: un ser racional y finito que busca satisfacer sus anhelos, sus necesidades y sus proyectos como cualquier otro humano. Soy un ser que le teme a la muerte, a la enfermedad, al apego y al desapego como cualquier otro ser. Soy una persona que se mortifica por el dolor ajeno, que se enfada por la indiferencia, que se pasma ante la violencia que es capaz de hacer su congénere. Soy un ser que se entiende diferente desde su biología y su contexto socio-económico y político; pero nunca como una persona sometida a un único punto de vista. Nunca como un ser que odia a los demás por ser del sexo opuesto. Nunca como oprimida, débil, inferior o sumisa. Para el médico, soy un genotipo xx. Para la sociedad, soy mujer. Para el político, soy un voto más. Para el sistema, soy un trabajador más. Pero antes de ser un genotipo, una mujer, un voto, una fuerza laboral e intelectual, soy un ser humano. Estoy con la humanidad, no con los géneros.
Porque #SoyPosmo

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Cecilia Amaro: filósofa, ensayista, cuentista y fanática de la posmodernidad. Su mejor hashtag #SoyPosmo. Ha publicado en Zona de Ocio, Nocturnario y Filopalabra. Directora General y columnista en Filosofía de Clóset.