Dos preguntas incómodas

Cecilia  Amaro  2018-03-30

Es común que los filósofos se enfrenten a múltiples preguntas, pero ninguna de ésas será más difícil, incluso penosa y un tanto engorrosa, de resolver como las que cuestionan su propio quehacer. Hay dos interrogantes, como muchas otras, que la comunidad filosófica no logra ponerse de acuerdo. La primera: ¿qué es la filosofía? En lo personal, se me ha formulado diversas veces; al inicio lo tomé como un insulto: “oh, pero este ingrato, cómo se atreve a preguntarme semejante cosa”. Con el paso del tiempo, me he acostumbrado, es más, espero con ansiedad las palabras de mi interlocutor: “¿y a qué se dedica?, oh, ya, filosofía, nunca entendí eso, siempre me pareció aburrida” En ese momento, me aclaro la garganta ordeno mis ideas y con pose de erudita en el tema, respondo: la filosofía es…., y cuando creo que todo lo tengo claro y distinto siento cómo un escalofrío corre de mis pies a mi nuca y mi rostro se paraliza en una mueca de consternación. Se me ha formulado esa pregunta tantas veces, que siempre doy una respuesta distinta y ninguna, hasta el momento, me ha colmado de satisfacción.

Si respondo que la filosofía es amor por el conocimiento, me dicen ¡platónica!; si digo que la filosofía es la disciplina para transformar la realidad, me gritan ¡marxista!; que si es compromiso con el humano, ¡sartriana!; que si es una ciencia, ¡cientificista!; que si es historia del pensamiento, ¡qué reduccionista!; que si es preparación para la muerte, ¡pero qué pesimista!; que si es todo y nada, ¡lo que faltaba, una posmoderna!; que si digo esto o lo otro, eres esto otro. Esto de preguntarse qué es la filosofía es como subirse al tren de Arreola, en el que, interpelado por un guardagujas, la respuesta o es T o X, y al final uno responde lo que aquél ingrato interlocutor quería escuchar de nosotros; o es como el tren sin destino de Dürrenmatt, donde a cada respuesta que se da hay una precipitación al abismo, un abandono de dios. Y esto aunado, a la segunda pregunta, la más fogosa, la torre de sal: y ¿eso para qué sirve? ¡Vaya peripecia por la que nos hacen pasar!

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Sin embargo, hoy que no estoy en apuros, ni hay una mirada escudriñándome para dar una respuesta contundente, por eso, diré que la filosofía es:

  • La búsqueda de la verdad. Si uno revisa las definiciones y quehaceres del resto de las disciplinas, científicas o no, se concluirá que el conocimiento es una agarradera para comprender la realidad. El humano, en esencia, busca la verdad: biológica, química, matemática, física, histórica, política, artística, legal, económica, religiosa, filosófica...Sin embargo, con la llegada de la sobre-especialización del conocimiento y la adquisición de los nuevos títulos nobiliarios, estas disciplinas se han convertido en cuartos oscuros donde sólo se escuchan ecos, abstracciones, sombras muy al tono de la caverna platónica, y olvidaron que todas desde su visión fragmentada, reduccionista, tratan de comprender: la realidad humana. En ese sentido, la auténtica filosofía se convierte en la pepenadora del conocimiento al buscar la verdad no fijada, no observada, no escuchada.

  • La disciplina más humana. Los mercadólogos y los publicistas definen al humano como el animal consumidor; el biólogo, como una realidad viva; el médico, como el enfermo; el psicólogo, desde el aparato psíquico; el abogado, desde la legalidad e ilegalidad de sus actos; el teólogo, desde la mirada de dios. En cambio, el filósofo se cuestiona, además de todo lo que dicen aquellas ramas del conocimiento: ¿qué otra cosa es el humano?, ¿de qué otro modo se define al humano?, ¿de qué otras maneras se representa la relación del humano con la realidad? La filosofía es la disciplina más humana, porque toma a su objeto de estudio, el ser humano, como totalidad. Mientras el resto de las disciplinas ven la realidad y al humano en fragmentos, la filosofía los reúne, como un gran rompecabezas, para tratar de comprender y definir qué es la realidad y qué es el humano.

  • Inocencia. La filosofía al asomarse en cada ciencia, pseudociencia, arte y creencia, las cuestiona, les lanza, ante cada respuesta y dogma, una simple, pero compleja, pregunta: ¿por qué? ¿Por qué así?, ¿por qué no esto otro?, ¿por qué aquello?, ¿por qué?, y ¿por qué?, y ¿por qué? Detrás de toda pregunta filosófica se esconde un niño con sed de conocimiento.

  • Insaciable. La filosofía no se conforma con ninguna respuesta y se convierte en un ejercicio de perennes preguntas, por todo y por nada. En ese andar, se mezclan las preguntas desesperadas y frustradas con las respuestas tristes y decepcionantes. El filósofo vive en constante adrenalina ansiosa que al no responder cada pregunta aun así persigue con ilusión llegar algún día a la respuesta satisfactoria: a su verdad.

  • Agotadora. El filósofo, arrastrado por el amor al conocimiento, se enfada, se decepciona se confronta consigo mismo y con el mundo. Y en esa búsqueda de kátharsis, se pregunta: ¿y todo esto para qué? ¿para qué tanta sospecha?, ¿para qué tanta pregunta?: para darle sentido a esto que me rodea. La filosofía arrasa con todo. Mientras el estado de ánimo, la energía de la vida y el tiempo se agotan, las preguntas persisten.

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Seguramente, usted pensará: si la tal filosofía es todo eso, entonces ¿para qué sirve? Yo le respondo: para nada. Así, como de nada sirve un hombre aislado, un árbol en medio del bosque, un dios sin creyentes, una vacuna sin humanos, un rinoceronte sin pareja, una obra de teatro sin actores. La filosofía no sirve para nada, como de nada sirve nuestra existencia en este mundo sin contemplar la realidad, sin tratar de entendernos a nosotros mismos, en resumen, sin generar conocimiento. Porque se imagina, usted, querido lector, ¿pasar por esta vida sin producir algo? ¡Vaya, aburrimiento! La administración, la literatura, la física, las matemáticas, la medicina, el derecho, la sexología, el psicoanálisis, la ingeniería, el arte, la filosofía, etc., son los únicos entretenimientos humanos, demasiado humanos, que tenemos para soportar-nos.

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Cecilia Amaro: filósofa, ensayista, cuentista y fanática de la posmodernidad. Su mejor hashtag #SoyPosmo. Ha publicado en Zona de Ocio, Nocturnario y Filopalabra. Directora General y columnista en Filosofía de Clóset.