Nacida de la muerte

Federico  Ballí  2018-08-12

La memoria nace de la muerte, del momento aniquilado, de una barrera en la que lo tangible es infranqueable y sólo existe la evocación; pero posee, como dice Blas Cubas, “ese poder de restaurar el pasado, para tocar la inestabilidad de nuestras impresiones y la vanidad de nuestros afectos”. En este sentido, es la hija póstuma por excelencia. Parecería que Machado de Assis tenía esto en mente al retomar la memoria, capaz de resignificar el pasado, y utilizarla como tema central para tejer una obra en la que Eros y Thanatos se funden, una novela en la que el difunto narra su vida, un libro que “huele a sepulcro”.

En las Memorias póstumas de Blas Cubas, el entrelazamiento de dos fuerzas —vida y muerte— queda evidenciado desde el inicio: a pesar de estar muerto, Blas Cubas no está interesado en narrar nada acerca del inframundo sino en los hechos de su vida. Estas fuerzas se conglomeran de tal forma que no es posible distinguir una de la otra. En la vida de Blas, el nacimiento de un ser querido implica un funeral, el primer amor vive de la codicia, incluso su propia muerte, provocada por el nacimiento de una “idea fija” —una cura milagrosa para los hipocondriacos— se tiñe por este entrelazamiento de fuerzas. Al obsesionarse con estas ideas fijas Blas coquetea con la muerte.

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En contraste con las ideas fijas, está la capacidad de edición, la posibilidad del cambio que un ser humano tiene sobre sí mismo “hasta la edición definitiva, que el editor ofrece graciosamente a los gusanos”. Así, las ideas fijas tienen como resultado dos clases de muerte. Muertes metafóricas, tácitas, que se experimentan en los intersticios, en los silencios, que editamos de nuestra memoria: el infante que, ya mayor, mira con cierta lejanía sus juegos y sus caprichos, o el primer amor que sólo se muestra en las ausencias, en despilfarros de cariño y de dinero. Y una muerte única, final, en la que la posibilidad de cambio sólo se da en la resignificación de la memoria. La vida implica movimiento, transformación; sólo lo que está muerto permanece inerte, fijo.

Las ediciones múltiples de un hombre son sólo eso: la muerte del anterior para dar lugar al porvenir hasta que el porvenir no exista. Nos formamos entonces a partir de la memoria: somos, al igual que ésta, un ir y venir entre la vida y la muerte. Al final, Blas Cubas, el cadáver del que sólo queda memoria, sólo puede definirse a partir de las negativas, de lo que no hizo y lo que no es y ya nunca será.

En efecto, la literatura es un producto de nuestra propia mortalidad, de lo que recordamos, lo que anhelamos y lo que lamentamos. Vivir es acercarse a la muerte. En forma similar, leer las Memorias póstumas de Blas Cubas, es enfrentarse a una pregunta: ¿cómo has pavimentado tu camino hacia la tumba? Sin embargo, no hay aquí ningún asomo de maniqueísmo, ningún regaño implícito por parte del escritor; por el contrario, hay una invitación a reflexionar, acompasada por un humor fino que fractura la solemnidad propia del tema.

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Para los lectores que busquen una novela similar, en la que se traten los temas de la muerte, la memoria y la identidad con un toque de comedia, recomiendo buscar un ejemplar de El difunto Matias Pascal de Luigi Pirandello. Ahora bien, aquellos que deseen explorar el tema con más solemnidad, quizá encuentren algo de su agrado en Trastorno de Thomas Bernhard. Espero que entre estas recomendaciones encuentren algo de su interés.

Puedes conseguir los libros en los siguientes links:
Memorias póstumas de Blas Cubas
El difunto Matias Pascal
Trastorno
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Federico Ballí: narrador, poeta, ensayista y filósofo de clóset. Ha colaborado con la gaceta Lammadame, el blog Filopalabra y las revistas Nocturnario, Monolito y El comité 1973. En la actualidad, trabaja como editor y columnista en Filosofía de Clóset.