Tolerancia: un arma no letal

Renée  Laniado  Cabrales 2018-09-02

La globalización ha formado un orden total en el cual, para pertenecer al mismo, se debe actuar conforme a ciertas condiciones y normas que corresponden con la ideología del sistema. Esto nos habla de la creciente exclusividad, el nacimiento de nuevas formas de apartheid que se invisibilizan bajo la promesa de una vida mejor para los que cumplan con los requisitos. Los que pertenecen al mundo del orden global son los ganadores, los modelos de vida por excelencia, resguardados por los muros que rodean sus naciones para protegerse de aquellos que han quedado excluidos por no atenerse a la “forma ideal”. La expansión y el empoderamiento del sistema capitalista también han tenido un gran costo que atraviesa tanto a los países incluidos como a los excluidos, no sólo en sus economías, sino también en sus políticas y hasta en sus ecosistemas, como resultado de las invasiones, guerras y explotaciones industriales y agrícolas. El deterioro global —como efecto del enriquecimiento del orden mundial capitalista— ha provocado grandes flujos de poblaciones que, ante las situaciones de desamparo, violencia e inestabilidad que viven en sus naciones-hogar, buscan encontrar refugio en aquellas naciones que prometen vidas de grandeza y prosperidad para sus ciudadanos: algunos países de Europa, Estados Unidos y ahora también Israel. La problemática de los refugiados e inmigrantes es en realidad un dilema con varias caras que nos conduce a una pregunta central: ¿cómo responder ante la situación? Hay quienes se niegan contundentemente a la apertura hacia la integración de modos distintos de vida dentro de sus culturas —los antiinmigrantes— y otros tantos que, de manera contraria, aceptan la responsabilidad de todo el problema en sus propios Estados y culturas, y deciden cargar todo el peso de la culpa y de la ayuda por la humanidad. No obstante, el problema no se trata únicamente de solidaridad, sino que proviene de aquello a lo que huyen los refugiados: un geopolítico y económico, de control y sumisión entre naciones enteras; lo que se traduce en situaciones de pobreza extrema, brutalidad, violencia y ausencia de justicia permanente. No se puede resolver tan sencillamente como culpando a uno o a otro, pues, a fin de cuentas, los implicados no son meros actores pasivos, sino que sus acciones son conscientes y deliberadas: todas las partes tienen responsabilidad en sus manos. No es que la voluntad de aquellos que buscan acoger y remediar a los refugiados sea malintencionada, sino que no alcanza a atacar la problemática de fondo. Los antiinmigrantes, en su intento por proteger sus modos de vida tradicionales y cerrar sus fronteras ante los refugiados, se olvidan de la influencia que ha tenido su propio país para provocar las migraciones.

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Es necesario entender que los refugiados son consecuencia de una situación política, ideológica, económica e histórica a nivel mundial. Por lo tanto, los mismos no pueden ser reducidos a una abstracción generalizada de víctimas, sino que deben ser entendidos como sujetos pertenecientes a comunidades concretas que ejercen diferentes formas de vida, con nociones y valoraciones del mundo determinadas. Ni la cerrazón de fronteras ni el acogimiento asistencialista son soluciones ante el problema actual de los refugiados. La respuesta políticamente correcta típica es utilizar la tolerancia como remedio.

La tolerancia pretende que los sujetos conserven sus propias costumbres culturales; al mismo tiempo, se les exige que sean capaces de desprenderse de sus raíces, de sus contextos culturales y sociales, para superar las diferencias y lograr una igualdad universal, a partir de la cual se respeten los unos a los otros. Sin embargo, aquella abstracta igualdad universal, como la que defiende la declaración de los derechos humanos, ¿no es también una idea sujeta a una interpretación específica del mundo y una forma de vida concreta?

Los derechos humanos —señala Žižek— surgen como una universalidad ideológica falsa que enmascara y legitima la política concreta del imperialismo y la dominación occidental, las intervenciones militares y el neocolonialismo.

La tolerancia se torna en una postura paternalista que se basa en expectativas de los diferentes grupos que se han reducido a ciertas abstracciones que son imparciales; ésta, promovida por la postura políticamente correcta, realmente no elimina la discriminación, exclusión y explotación, sino que las enmascara mediante la autocensura para controlar las formas de aproximarnos a los otros de manera que parezca, por lo menos superficialmente, que les guardamos respeto.

La “virtud de la tolerancia” es insuficiente; no encara la gravedad del problema,sino que lo simplifica al neutralizar a los distintos grupos sociales.

“Las diferencias políticas, derivadas de la desigualdad política o la explotación económica, son naturalizadas y neutralizadas bajo la forma de diferencias «culturales» esto es, en los diferentes «modos de vida», que son algo dado y no puede ser superado. Sólo puede ser «tolerado»”, concluye Žižek.

Los problemas de injusticia, desigualdad y explotación no son causa de la mera intolerancia entre culturas, sino que son problemas políticos que se deben discutir en un debate público. A partir de la culturalización de la política y la privatización de la cultura —entendiendo a la misma como conjuntos de creencias e idiosincrasias personales—, se busca remediar mediante la tolerancia el problema de los refugiados, pero en realidad únicamente perpetúan el problema, enmascarando la opresión como libertad de elección y expresión. La libertad de elección es una mera fachada, pues la “virtud de la tolerancia” impone una presión que nos empuja a actuar de una forma y no otra, aun en una situación indignante, pues lo políticamente correcto es guardar las apariencias. Las protestas se convierten en una forma descortés de proceder, aun cuando lo que se exija sea la justicia. La tolerancia resulta entonces ser un arma no letal, pues aun cuando no mata, inmoviliza.

Aun cuando la tolerancia trate con problemas reales como el racismo y el sexismo, al naturalizarlos como un problema meramente cultural, los vuelve más difíciles de resolver, pues se deja fuera el involucramiento político bajo la discreción del trato amable. La tolerancia es en realidad una forma de autoritarismo moderno que busca evitar el enfrentamiento de oposiciones, bajo la pretensión del no juzgamiento de las acciones del otro, lo que impide la validación, los límites, el debate y promueve la indiferencia ante una imposición de la idea del bien. Žižek nos recuerda que debe existir un acotamiento en los criterios de la legitimación democrática. El problema se debe revertir y la cultura se debe politizar para proponer una estrategia en común, como resultado de la puesta en debate público y la interacción entre distintas voces que luchan por el cumplimiento del proyecto en común.

“Si todas las partes implicadas no comparten el respeto a la misma civilidad, entonces el multiculturalismo se convierte en una forma de ignorancia y odio mutuos legalmente regulados”.

La idea común que supone que la mera convivencia con los otros nos volverá más receptivos a sus modos de vidas por medio de la tolerancia es una falsedad. Por ejemplo, aun cuando en Estados Unidos los dreamers representen aproximadamente 15% de la población total del país, los mismos son excluidos y discriminados no sólo en el ámbito social sino también político y económico, principalmente por cuestiones raciales, de clase y religión. El problema es tan claro y palpable que la sociedad con derecho a voto elije representantes que abogan por políticas discriminatorias y de supremacía de razas, culturas y clases, como sucedió en el 2016, cuando Donald Trump fue elegido presidente de los Estados Unidos de América. La campaña electoral del ahora presidente se basó en promover políticas discriminatorias y de cero flexibilidad hacia las poblaciones de inmigrantes y refugiados en el país. Una de las promesas electorales más populares de dicha campaña fue la construcción de un muro fronterizo entre México y E.U.A., todo ello con la intención de frenar la inmigración ilegal. No obstante, la propuesta política no se queda ahí, es un golpe a la confianza entre las naciones y una clara alerta a las comunidades de inmigrantes y refugiados que ya viven en el país para anunciarles que no son bienvenidos.

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En Europa, los discursos xenofóbicos y de odio, el acoso y maltrato hacia los grupos vulnerados de refugiados e inmigrantes, aún son normalizados por parte no sólo de la población civil, sino también de las mismas autoridades. El miedo infundido por el discurso antiinmigrante agrava la situación, pues los convierte en un chivo expiatorio, blanco de las acusaciones de cualquier mal que aqueje a los países en los que se busquen instalar dichas poblaciones. Así, los antiinmigrantes se han encargado de divulgar la creencia, a través de distintos medios, de que los inmigrantes y refugiados son terroristas que llegan a otros países a robar empleos, desestabilizar la economía e incrementar la violencia. Lo que buscan lograr con ello es presentar una urgencia que debe ser solventada con sus propias manos. La gravedad del problema del discurso del miedo para controlar a las masas es que poco importa si hay falsedad o inexactitud en los hechos y aseveraciones que se mencionan, al inocular miedo en las personas, éstas pierden el sentido y buscan protección. La desinformación agrava el problema y genera no solo ignorancia ante los hechos sino también confusión y malentendidos.

Por otra parte, las situaciones que orillaron a los sujetos a convertirse en refugiados, como la guerra, las carencias, la explotación, la desigualdad y violencia constante, permanecen latentes. Del mismo modo, es importante reconocer que, desafortunadamente, muchas veces los países a los que arriban tampoco tienen la capacidad de acoger a los refugiados e inmigrantes. Al abandonar sus países de origen, los migrantes no parten con las maletas vacías: cargan sueños y aspiraciones, con sus propias costumbres y tradiciones. Los sueños que persiguen muchas veces son ideales que ni siquiera al llegar a su destino lograrán, pues ningún sitio es perfecto, como tal vez lo imaginaban. Los migrantes tendrán que aprender a censurar sus sueños, pues sus culturas en realidad son incompatibles con aquellas a las que buscan introducirse. Los acogedores y pronunciados protectores de las minorías, tendrán que considerar que pueden abogar por otros gracias a su posición privilegiada, por lo cual tendrán que reconocer su papel en la problemática, los límites del alcance de su apoyo y darse cuenta de que el problema no radica tan solo en la intolerancia, hay que localizar la fuente primaria. Los antiinmigrantes que buscan defender y proteger mediante la construcción de muros y vallas —físicas y políticas— tendrían que reconocer, por su parte, que los refugiados son el resultado de la economía global controlada por sus propias naciones, que se han enriquecido y construido de manera exitosa bajo el costo de invasiones, saqueos y explotación de países subyugados de los cuales provienen los expatriados. Estas condiciones de injusticia y desigualdad no son recientes, sino que descienden desde épocas coloniales y más bien permanecen hasta la actualidad.

Sin embargo, como lo resalta Žižek,

“la tarea más difícil e importante es emprender un cambio económico radical que elimine las condiciones que crean refugiados. La causa fundamental de la existencia de refugiados es el capitalismo global actual en sí mismo y sus juegos geopolíticos”.

El apoyo realmente necesario no es construir más puentes o refugios para los inmigrantes —sin insinuar que se deban cerrar las fronteras—, sino que el objetivo debe enfocarse en el epicentro del problema, en los países de donde están huyendo poblaciones enteras: ¿qué es lo que realmente los está haciendo huir y cómo se puede superar dicho problema? Debemos construir sociedades donde la condición de refugiado no sea un mal necesario. El lamento pesaroso y la compasión no son nuestro único socorro; la solución se debe dirigir a las causas y no retroalimentar a las mismas.

“Quizá la solidaridad global sea una utopía, pero si no luchamos por ella, entonces estamos realmente perdidos, y merecemos estar perdidos”, concluye Žižek.

Hay que combatir la exclusión, mediante la impartición de justicia, la apertura y el debate. Es importante reconocer que la responsabilidad de los problemas como las migraciones globales no puede delegarse a un orden superior. Lo que sucede en el mundo —la desigualdad, la discriminación, la misma crueldad y la contaminación, en cierta medida— es producto de deliberaciones humanas; por lo cual, no hay nadie más que nosotros mismos que pueda sacarnos del aprieto en que nos hemos metido. La tolerancia, como hemos analizado, es insuficiente y debe ser superada, pues el respeto superficial al que aspira no logra combatir de tajo las desigualdades.

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Debemos reconocer que hay algo más profundo que nos une, algo que trasciende las diferencias, las culturas, las apariencias: todos somos humanos. En cierto sentido, estamos solos con nosotros mismos, y, aun así, colocamos murallas para separarnos, lanzamos bombas para destruirnos, discriminamos a aquellos que, al final de cuentas, son lo mismo que nosotros. El mundo no es nuestro, nunca lo ha sido, en todo caso, nosotros somos parte de él, somos una suerte de hijos de la Tierra. Nuestros problemas, aunque también nos son comunes, no son necesariamente inherentes a nuestra existencia —como no lo es la globalización capitalista, ni la discriminación— y, por ende, tenemos la libertad de impedir que se perpetúen. Las ideas de pertenencia, superioridad y utilitarismo nos alejan de entendernos como parte de un mundo que habitamos en conjunto, aun cuando algunos vivan en mejores condiciones que otros. Hay que erradicar las situaciones que propicien la desigualdad y promover la confianza social.

Renée Laniado Cabrales: estudiante de filosofía, interesada tanto en la existencia y lo simbólico como en los minions y hello kitty.