Sobre la ligereza de nuestro arte

Roberto  Sáenz  Varela 2018-09-23

¿Acaso el arte ha sido privado de todos aquellos valores que lo caracterizaban como vehículo de expresión del saber sensitivo y metafísico del hombre? ¿Es viable decir que la producción artística se ha convertido meramente en una moda o en un producto de consumo estético carente de un carácter más trascendental? Estos cuestionamientos derivados de la inmersión del arte al mercado han aquejado a filósofos, artistas e historiadores desde el siglo pasado.

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El arte, en su forma más pura, es la producción de obras que nos permite preservar un espíritu cultural y temporal mediante el perfeccionamiento de diversas técnicas; también es la actividad que nos ha permitido entablar una conversación metafísica respecto a nuestro ser y la realidad. Así, el arte se dota de un carácter cuasi sagrado; sin embargo, desde la última década del siglo XX, ha surgido una crítica en torno a cómo se han generado los nuevos “movimientos” artísticos y el cuestionamiento sobre cuáles son los parámetros actuales para que algo sea considerado arte.

Rayomnde Moulin, en El mercado del arte: Mundialización y Nuevas Tecnologías, describe cómo actualmente el mercado se ha encargado de generar los valores artísticos de las siempre actualizadas tendencias del mercado del arte. Con esto cuestiona los nuevos movimientos que expiran en cuestión de semanas, o bien, el trabajo que realizan tanto las galerías y las casas de subastas, para imponer cierto tipo de criterio o tendencia artística con el fin de que las piezas que poseen incrementen su valor dentro del mercado. Pero con esto en cuenta, ¿qué implica el hecho de que actualmente la producción artística se vea tan fuertemente influenciada por el capitalismo voraz que rige nuestra época?

Tal como lo plantea el filósofo francés Gilles Lipovetsky en De la ligereza, actualmente nos rige un mercado que se encarga de hacer más ligeros todos los aspectos de nuestra vida, ya sea mediante la implementación de nuevos materiales, o bien, a través del poco apego que podemos generar hacia las cosas. Esto debido a su escaso valor simbólico o la ausencia de una pesadez social. El arte no se vio excluido de tales afecciones generadas por un mercado creciente y que constantemente requiere de una actualización:

“todos los grandes ideales, todos los valores referenciales que lastraban la modernidad con una especie de gravedad han desaparecido en beneficio de un nuevo régimen artístico que no es otro que un estadio ligero”.

Con esta frase, Lipovetsky nos denota la situación actual del arte, el cual, desarraigado de los principios que lo consolidaron como tal, se ha visto influenciado por el capitalismo de manera que ha tenido que ceder sus virtudes a tendencias o modas discursivas que le permitirán sobresalir en el mercado salvaje.

El arte “privado” (o el que pertenece a particulares) no es el único afectado por las nuevas reglas de creación artística, sino también las instituciones museográficas. Esto debido a que el arte, al convertirse meramente en un activo, ha perdido su valor ontológico incluso frente a las propias instituciones, al grado de que se han llegado a presentar piezas falsas dentro de museos debido principalmente a las utilidades que obtendrán al mostrar una pieza de un artista de renombre. Tal como se menciona en la película F for Fake de Orson Welles:

“si no tuvieras un mercado del arte, no existirían los falsificadores”.

El arte se ha sometido a las exigencias del mercado sacrificando aquellos mensajes e innovaciones que hace tiempo se admiraban. Tenemos actualmente el auge de los artistas conceptuales, a los cuales se les adquiere gracias al “discurso” de sus piezas, que lejos de ser innovador o generar una crítica social capaz de movilizar a la población, se encarga meramente de dar una verborrea pseudorebelde y activista: vemos temas de protestas sobreexplotados por los mismo artistas así como situaciones caóticas dentro de nuestro mundo abordadas de tal manera que se confunden con la alta cultura.

El arte se ha convertido en algo perecedero e intrascendente, en algo “ligero”, carente de significado o de mayor valor que aquel que le ha sido otorgado por su precio dentro del mercado. Ha sido manchado por diversos artistas que meramente han otorgado piezas decorativas que complacen a las masas pero que carecen de un discurso plausible, un desarrollo de la técnica sobresaliente o bien la implementación de un nuevo precepto que sea menos perecedero que el anterior. A causa de la demanda del mercado, se ha elevado a aquellos creadores de un arte incompleto hasta consagrarlos como exponentes de la tendencia en curso.

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En un mundo capitalizado y deseoso de la adquisición de piezas “artísticas” las nuevas modas y tendencias no dejarán de surgir. Aunque el mercado determine qué artistas serán los que consumamos, éste no deberá de afectar a las instituciones encargadas del resguardo de las piezas artísticas; de igual manera, el público deberá de generar un filtro para saber que hay movimientos artísticos con el objetivo de revivir el mercado del arte o favorecer a diversas instituciones públicas o privadas. Es nuestra labor, como espectadores y creadores, el discernir qué es basura y qué es digno de trascender a la posteridad, de lo contrario los valores artísticos perderán su esencia, y si esto sucede es debido a que nosotros hemos perdido la nuestra.

Roberto Sáenz Varela: Estudiante de Estudios e Historia de las Artes, cuenta con estudios en Ciencias Políticas y Administración Pública y Derecho. Tiene un particular gusto por el arte moderno (y los perritos) y ha trabajado en Morton Casa de Subastas y como galerista.