Tinder: Triunfo o debacle del Eros

Salma  Austria  Guarneros 2018-10-07

En la posmodernidad, la masificación de la información, la facilidad para adquirirla, el papel de las redes sociales y la pérdida de la privacidad han provocado una disminución de intimidad y erotismo; en consecuencia, una privación de la sensibilización y realismo en las relaciones humanas, específicamente en las relaciones interpersonales. De ahí que, desde hace algunos años adquirieron popularidad las apps de citas: Tinder, al igual que Bumble o Grindr, es una aplicación que utiliza tu ubicación para conectarte con personas con las que compartas intereses y que estén cerca de ti. La manera en que opera consiste en hacer un perfil en el que lo más importante son las fotos, pues será tu única carta de presentación, ya que la metodología de esta app es mostrar fotos en las que simplemente señalarás si te gustan o no las personas, como un acto instantáneo, sin reflexión. Si ambas personas se dan “me gusta”, entonces hacen match.

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El investigador Gareth Tyson hizo un estudio que demostró que algunas actitudes que se llevan a cabo en el cortejo en la vida real se reflejan de igual manera en estas aplicaciones; por ejemplo, los hombres tienden a darle “me gusta” a muchísimas mujeres, mientras que las mujeres son más selectivas en cuanto a quién le dan “me gusta”. Aunque esta aplicación no dice explícitamente que es solo para tener relaciones sexuales, el grueso de los usuarios la ocupa con este fin, pues es más práctico invitar a salir a una persona desde el mundo virtual que buscarla en el mundo real. Para analizar estas nuevas tendencias de conquista o cortejo, es necesario recordar algunos conceptos desarrollados por el filósofo Byung-Chul Han: transparencia, sociedad expuesta y pornografía.

Sobre la transparencia, el autor nos dice que el mundo se desnuda; en nuestra exigencia por ser objetivos y claros, se expone todo aquello que se puede, pues como sociedad no se aceptan los misterios o medias verdades, todo debe estar a la luz. Sin embargo, esta exigencia y obsesión por la transparencia también influye en las relaciones; por un lado, la transparencia nos proporciona fiabilidad, confianza, la apariencia de relacionarte de manera más directa sin necesidad de fingir o pasar por el, a veces tormentoso, “ligue”; sin embargo, al mostrarnos tan abiertamente se pierde el atractivo. En palabras del autor: “una relación transparente es una relación muerta , a la que le falta toda atracción , toda vitalidad” , nos perdemos la oportunidad de conocer a la persona: estamos desnudos ante el mundo desde el momento en que interactuamos con el otro.

La naturaleza de los perfiles dentro de estas aplicaciones es puramente visual; es decir, la mayor importancia está en la foto, mientras que la información personal es mínima. Estos perfiles son para ser observados, nos volvemos una suerte de mannequins , pues, además, se adoptan poses, formas de representación que vuelvan convincente aquel personaje que quieres mostrar ante los otros. Así, el veredicto final e inapelable se da a conocer por la cantidad de “me gusta”. Al ser una sociedad positiva, no se admiten sentimientos negativos ; es por esto que la opción de “no me gusta”, por el momento, no es viable para el orden social en que vivimos.

“En el curso de su positivación también el amor se aplana para convertirse en un arreglo de sentimientos agradables y de excitaciones sin complejidad ni consecuencias”, concluye Byung-Chul Han;

es decir, nos ofrecen amor sin sufrimiento, estar enamorado en apariencia pero con fines egoístas o narcisistas. Actualmente, la figura del casanova se conforma con hacer “matches”. Está en una sociedad expuesta, una sociedad de rostros que se difunden por medio de las selfies en Facebook o Instagram, plataformas en las que podemos ver cómo se vive a través de las imágenes en lugar de que las imágenes muestren algo que vivimos; así, nos volvemos mercancía, perpetuando una ideología, vendiendo una imagen:

“en la sociedad expuesta, cada sujeto es su propio objeto de publicidad. Todo se mide en su valor de exposición. La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica”.

Al ser ésta una sociedad pornográfica y nosotros, mercancía —aunado al exceso de “iluminación” como consecuencia de la búsqueda de transparencia—, se pierde toda peculiaridad sobre las cosas, volviendo, así, a la sociedad expuesta, en una sociedad unánime y superficial. En consecuencia se busca la belleza (entendámoslo como algo bello y no como lo bello ) para ser expuesta; es por ésta que surge el incesante anhelo de ser bello y tener un buen cuerpo, sin darle importancia a las ideas.

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Byung-Chul Han dice que hoy en día se viaja a través del mundo como si fuera un museo, sólo se pasa, no se demora la vista: llegas, tomas una foto y sigues el recorrido. La sexualidad también se puede ver de esa forma; recorremos cuerpos: llegamos, utilizamos y nos vamos. Incluso el sexo es pornográfico, sin ningún misterio o peculiaridad: completamente expuesto; nos sentimos observados y actuamos utilitariamente en el momento supuestamente más íntimo, más humano.

El problema no está en que se busque la transparencia o facilitar los medios para llegar a un fin, sino lo que se pierde en el transcurso. En Tinder o Bumble, el principal atractivo es la facilidad para consolidar una salida casual o sólo tener sexo. Lo que nos ofrecen ya no es un proceso para conocer gente, sino para llevar a cabo un acto en específico; esto es lo que ha producido la capitalización del sexo o el erotismo,

“el amor que hoy ya solo ha de ser calor, intimidad y excitación agradable, apunta a la destrucción del erotismo sagrado.

Por supuesto, ¿cómo podría crecer o seguir un amor en el que no se acepta ningún momento incómodo? No hay cabida para el sufrimiento, pues, ¿qué necesidad tienes de sufrir como individuo cuando hay otras miles de opciones posibles que te prometen goce puro?

Al contrario de lo que opina Eva Illouz sobre el incremento del deseo proporcional al aumento de elecciones, Byung-Chul Han opina que

“a causa de una libertad de elección sin límites amenaza más bien el final del componente de añoranza en el deseo. El deseo añorante es siempre anhelo del otro ”.

Al ser expuestos como mercancía, estamos consumiendo y siendo consumidos, estamos en contacto con seres ensimismados en la búsqueda constante de nuestras propias necesidades, dejamos de ver al otro, nos volvemos sujetos aislados, sin un interés real hacia la otra persona más que en función de lo que nos pueda ser útil. Con estas prácticas, con la facilidad de poder encontrar sexo o amor sólo deslizando tu dedo sobre una pantalla, poco a poco vamos perdiendo la capacidad de relacionarnos con formas verdaderas, perdemos la valentía y la posibilidad de un nosotros sin poner al yo como valor absoluto, predominante.

De acuerdo con lo expuesto por Byung-Chul Han, podemos observar el caso de Japón. A principios del siglo XXI se realizó un documental llamado El imperio de los sinsexo , mostrando cómo en el país que tiene la mayor producción y la cabecera en la industria pornográfica se ha vuelto asexual un porcentaje de la sociedad. Con este ejemplo vemos cómo a la mayor oferta, no hay más deseo, sino lo opuesto.

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Definitivamente nos hemos convertido en seres expuestos, pornográficos, que se venden como mercancía: la superficialidad de una persona pareciera, entonces, volverse lo más importante. De ahí que debamos cuestionarnos: cuánto influyen las redes sociales en nuestro comportamiento y cómo ejercen presión sobre nosotros. Retomo el libro Modos de ver de John Berger en el que aborda a la mujer como objeto de contemplación: acostumbrada a ser vista, introyecta la mirada ajena en la forma en que se ve a sí misma; siguiendo este pensamiento y teniendo en cuenta la sociedad expuesta antes citada, me atrevo a afirmar que todos empezamos a permearnos, tanto hombres como mujeres, con esta mirada del otro como punto de partida para vernos a nosotros mismos, pues ya estamos acostumbrados a exponernos ante el mundo.

Salma Austria Guarneros: Estudiante de Historia del Arte, fiel creyente de que el arte es útil, ávida bailarina de cumbia y en constantes intentos fallidos de deconstrucción.