Animal vs máquina: el futuro de la sociedad moderna

Regina  Arruti   Cuanda 2018-11-04

¿Te has preguntado alguna vez por qué tus padres quieren saber todo lo que haces? ¿Te estarán observando? ¿Serían capaces de injertarte un chip? ¿Por qué sientes culpa cuando cometes errores o actos incorrectos? A la mayoría nos plantan estas ideas desde nuestra infancia. Desde muy pequeños, nuestros padres nos dicen que alguien siempre nos vigila: Dios, Santa Claus, los maestros, los abuelos, o los vecinos. En ciertos casos, el sentimiento de culpa y la exigencia de transparencia comienzan con los cuestionamientos de nuestros padres: ¿a dónde vas? ¿Con quién estarás? ¿Qué harán? Ésta puede parecer una idea inofensiva e inocente, pero es una forma de moldearnos, a través de un conductismo aplicado desde pequeños, haciéndonos sentir culpa por cometer actos “malos”. Antes, los padres no tenían otra forma de comunicarse con otros, más que con cartas o pláticas presenciales. Ahora, con los avances tecnológicos y la inseguridad en este mundo, la sobreprotección ha incrementado radicalmente.

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La sociedad se ha acostumbrado a saber todo de otra persona —inclusive antes de conocerla— gracias a las redes sociales, que muestran de forma explícita toda información privada y pública sobre cada individuo. La red que une a todos los habitantes del planeta es más impresionante de lo que podemos apreciar; vivimos en una sociedad con un riesgo constante a la transparencia y a la pérdida de la vida privada. Hoy en día, cualquier persona, en cualquier país, a cualquier hora, tiene total accesibilidad y manipulación sobre tus datos y tu vida privada.

En términos de Byung-Chul Han,

“las cosas se hacen transparentes cuando abandonan cualquier negatividad”.

Esto se refiere a que la sociedad exige que todo sea rápido, sin misterio, sin profundidad, sin imperfecciones. Las relaciones que llevamos, tanto con nuestras parejas y amigos, como con familiares, exigen esta transparencia, velocidad y aceleración de la información, quitándonos el privilegio del tiempo para conocer a alguien, para tener ese misterio con nuestras parejas. Así, se considera que un secreto es parte de la negatividad que menciona Byung-Chul Han. La revelación de los secretos nos vuelve transparentes.

En el capítulo “Toda tu historia”, de Black Mirror, se muestra una relación entre parejas que en un inicio tienen misterios y secretos, pero por los avances tecnológicos, su relación se hace cada vez más transparente. El capítulo presenta un avance tecnológico: un pequeño dispositivo que se inyecta en la nuca del individuo; en éste se registra todo lo que el portador ve y oye, y le permite mostrar escenas anteriores de su vida en televisiones y otros dispositivos electrónicos. A lo largo del capítulo, el hombre se obsesiona con la sospecha de que su mujer le es infiel y, al poder observar todo lo que hay en su memoria y en la de su mujer, destruye su relación al hacerla transparente.

“La falta de transparencia del otro mantiene viva la relación”.

Toda la memoria se convierte en una imagen y, debido a que la memoria es la parte más interna del ser, uno se convierte en una imagen para los demás. Según la filosofía de Byung-Chul Han, sólo la máquina, y lo muerto, es transparente.

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La exigencia a la transparencia en las relaciones con los padres es algo similar. Byung-Chul Han explica que ésta transparencia está vinculada con la confianza y el control. Al tener confianza, no hay necesidad de control. En el caso de las relaciones con los padres, el uso de control se emplea, en efecto, cuando hay falta de confianza. El filósofo relaciona este manejo de control con el panóptico de Bentham, que tiene como principio el “ver sin ser visto”, donde la autoridad tiene en constante vigilancia a aquél que quiere mantener bajo control, lógica que impera en las cárceles, los manicomios o las escuelas. Así,

“con la ayuda de una técnica refinada se despierta la ilusión de una vigilancia permanente”, concluye Byung-Chul Han.

La sociedad actual tiene todas las características de una sociedad disciplinaria, tanto en las instituciones como en las relaciones. La relación de control-confianza va con la relación que se tienen con los padres o madres, que ahora, con el desarrollo tecnológico, tienen a sus hijos en constante vigilancia —sin importar la confianza—, con lo que se funda una estructura de poder y dominio.

“Mientras que los moradores del panóptico de Bentham son conscientes de la presencia constante del vigilante, los que habitan en el panóptico digital se creen que están en libertad”.

Esta frase describe como la tecnología y los avances nos mantienen controlados y vigilados, algo que también se explora en Black Mirror.

En el capítulo “Arcángel” se muestra una relación de madre-hija que refleja al panóptico de Bentham. Se trata de la historia de una madre que con el propósito de cuidar a su hija le inserta un chip detrás del ojo, el cual permite ver y escuchar lo mismo que la niña desde su iPad. El dispositivo también permite eliminar experiencias de la memoria, o que se nuble la vista y el oído de la niña al elevarse sus niveles de cortisol, una hormona que se libera en situaciones de peligro y violencia. Ahora bien, la niña se sabe vigilada por su madre, logrando así el mismo efecto del panóptico: el preso que se siente y se sabe observado todo el tiempo, aunque nunca vea al vigilante. Después de unos años, la madre decide que le tiene confianza por lo que dejará de vigilarla. Sin embargo, esto es problemático, pues como lo señala Byung-Chul Han:

“la confianza solo es posible en un estado medio entre saber y no saber. Confianza significa: a pesar del no saber en relación con el otro, construir una relación positiva con él. La confianza hace posibles acciones a pesar de la falta de saber. Si lo sé todo de antemano, sobra la confianza. La transparencia es un estado en el que se elimina todo no saber”.

Así, al eliminarse las experiencias agresivas, la niña comienza a sentir atracción por la violencia, a sacar su lado animal y carnal. Se interesa por la pornografía, por verse sangrar, por escuchar música pesada; a los 15 años, la niña ya ingiere drogas y se involucra en actos sexuales. La madre, al no comprender sus actos, regresa a ser controladora, por ejemplo, al poner pastillas para abortar en los licuados de su hija. No experimentamos este nivel de control en la sociedad actual y puede parecer irreal, pero es a lo que llegaremos si no sabemos manejar los avances tecnológicos. Como menciona Byung-Chul Han,

“esta vigilancia total degrada la «sociedad transparente» hasta convertirla en una inhumana sociedad de control”.

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Nos hemos convertido en una sociedad transparente, en la que rigen las imágenes del cuerpo humano perfecto, sin fondo, sin misterio, sin secretos. Somos una sociedad que demanda la exhibición de todo. Somos una sociedad que exige la mayor velocidad de la información y la vida. Hemos perdido la importancia de la privacidad, la confianza, los secretos por el descontrol de la evolución tecnológica; ahora, desde que nacemos, cualquier persona en redes sociales puede ver un video de nosotros al comer limón por primera vez, reír por primera vez, o caernos al caminar por primera vez. Nos hemos convertido en una sociedad del entretenimiento. Y ante este panorama, sólo me resta formularme preguntas: ¿hasta qué punto el desarrollo tecnológico nos está convirtiendo en máquinas? ¿La tecnología y el control impulsan a nuestro lado animal y carnal? ¿El exceso de tecnología nos guiará a ser máquinas, o a ser más animales?

Regina Arruti Cuanda: Estudiante de Producción de Espectáculos. Amante del circo, apasionada por el teatro y dedicada a ver lo maravilloso de la vida.