Imagen irreal

Diego   Pacheco  Aparicio 2018-11-12

Del fuego al led, de la oscuridad al deslumbramiento; pasamos de ver sombras a contemplar luces, salimos de la caverna pero pusimos frente a nosotros una pantalla. El mundo físico en la época contemporánea ha dejado de ser suficiente; la realidad con la que tenemos contacto al salir a la calle es tan defectuosa que buscamos refugio en el único espacio con la suficiente plasticidad para moldearse al gusto de quien lo visita, una alternativa al exhaustivo proceso de ver: el universo digital.

Platón, en El mito de la caverna , distingue entre las imágenes de lo real y lo real en sí mismo, y concluye que la realidad sólo se contempla en el mundo de las ideas. En el contexto actual, hablar de la realidad en el mundo de las ideas parece algo más que soñador, pues con la masificada producción de constructos visuales el sólo hecho de mirar los objetos físicos —y no las construcciones de sus representaciones— ya es una ardua tarea.

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Para el ser humano reproducir el entorno ha sido una práctica de gran importancia para evadir el tiempo. En esta búsqueda por retratar lo que el sujeto ve, vive, y es, la producción de imágenes ha sido un método recurrente y efectivo. Desde las pinturas rupestres —caracterizadas por su abstracción y esquematización—, hasta las fotografías digitales, la imagen ha servido como instrumento para dejar un testimonio fidedigno del paso del hombre por la historia.

Las representaciones que el hombre hace de su mundo están ligadas, si no es que condicionadas, a la tecnología de cada época. Antes de que el hombre supiera escribir, dibujar era un ejercicio enteramente natural; pero, en su evolución, los sujetos transformaron progresivamente el dibujo para llevarlo a ser un proceso industrial. Los artistas —desde clásicos, hasta vanguardistas—, a pesar de sus diferentes técnicas, representaron el mundo a través de la imagen y le enseñaron a la sociedad a verlo de esa forma.

La cámara desplazó a la pintura, pues, mientras que la primera es una máquina que reproduce la realidad con exactitud, la segunda estaba hecha por manos humanas susceptibles al error. La fotografía se posicionó como la nueva forma de representación para concebir el mundo; el artista con su obra pictórica le enseñó a la sociedad a mirar, a ser espectador; sin embargo, con la fotografía, el espectador se convirtió en productor neófito.

La sociedad, una vez que se acostumbra a las reproducciones visuales, ya no piensa en la imagen como una herramienta exclusiva para dejar testimonio, la emplea para hablar del presente como una prueba de la realidad. Byung-Chul Han nos recuerda que ahora se “domestica la imagen” al convertirla en objeto de consumo; al otorgarle un fin, se le quita su “locura” y por lo tanto la posibilidad de representar lo irreal.

La producción de representaciones fotográficas se aceleró conforme la cámara cayó en más manos, su objetividad maquinal le dio la autoridad de corroborar la realidad; pero, de acuerdo a Byung-Chul Han,

“la fotografía digital cuestiona radicalmente la verdad de la fotografía. Pone fin definitivamente al tiempo de la representación. Marca el final de lo real”.

La falta de cautela en cómo se percibe la producción y reproducción en el espacio digital puede llevarnos a una situación inversa: la foto deja de funcionar como simple elemento de confirmación y se convierte en principio generador de la realidad, situación que se muestra en Instagram.

Los creadores de Instagram , conscientes de la confianza que se le tiene a la fotografía, crearon un medio para que los usuarios compartan sus imágenes, lo que se traduce en una pérdida total de la esencia de la fotografía; como lo señala Barthes, su esencia no sólo yace en que la cámara esté frente al objeto capturado sino que conlleva la experimentación y el dominio de la técnica.

La propagación de fotos digitales ha hecho de cada sujeto, en términos de Byung-Chul Han, su propio objeto de publicidad. “Todo se mide en su valor de exposición”; así, el supuesto fotógrafo-Instragram está sometido a un proceso de creación complementario, que comienza al subir la imagen a la plataforma y finaliza con los seguidores que la observan y le dan me gusta: el hacedor de imágenes somete su propio ser a la mirada de los espectadores.

He aquí un problema mayúsculo del que Byung-Chul Han escribe lo siguiente:

“lo problemático no es el aumento de imágenes, si no la coacción de convertirse en imagen ”.

Con esto se interpreta que, fuera de la producción desmedida de fotografías con el propósito de crear un ser, este último —el ser en creación—, al completarse con la mirada del espectador, se despoja de lo real para convertirlo en imagen: deja su existencia sólo en el plano digital, impidiendo la supervivencia del ser creado en el mundo físico.

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Lo que provoca la creación de imágenes para una plataforma digital, en este caso Instragram , es una dependencia al medio para existir, un medio ficticio fuera del mundo real. Se crean imágenes fotográficas no para retratar el objeto real, sino para retratar la ilusión de lo real que sólo se completa con la vista. La belleza de la imagen la hace el nuevo modelo a seguir, ya no se representa la realidad: estamos en una época en la que se busca la imagen lo más bella posible y no la realidad en sí.

Diego Pacheco Aparicio: iztapalapeño. Estudiante de arte, fotógrafo aficionado que no cree en la imagen. Aún confia en la humanidad.