Más allá de lo cool

Cecilia  Amaro  2018-09-30

Estamos ante una construcción social en la que impera la inmediatez. La percepción del tiempo y las relaciones intersubjetivas se moldean a la par de los avances tecnológicos, que a su vez condensan las experiencias y las ideas que terminan en simples datos, de ahí que la educación se convierta en un enlatado de conocimientos: queremos aprender de todo en el menor tiempo posible y sin esfuerzo. La lógica imperante del smartphone y las redes sociales sustituye aquella imagen del globo terráqueo en la palma de la mano por una pantalla negra y plana: un aparato solpisista, ligero, que viene a reafirmar aquél gran sueño del ego renacentista. Con esta perspectiva, el riesgo que corre nuestro sistema educativo es la falta de demora y de escucha.

Hoy, el debate, el cuestionamiento o la curiosidad por el discurso de la oposición se acusan de intolerantes, discriminatorios, inclusive, se convierten en alegatos sofistas. Toda oposición es tomada como un ataque, por lo tanto, todo posible diálogo se transforma en un ataque directo a la persona. El ambiente hostil aumenta en la medida en que internet permea nuestras vidas: sólo se dialoga con aquellos que piensan igual que uno, que se cuestionan lo mismo que uno; la principal búsqueda es la oposición nula. Así, cualquiera censura al otro; el Yo, nuestro bendito ego, se vuelve caprichoso, prepotente, ego-ísta, ego-latra. El intercambio de ideas deviene en berrinches sordos. Ante este escenario, la educación no debe permitir que los discursos se encapsulen. Es momento de darle cabida a la pluralidad de ideas, aprender a valorarlas y trabajar con ellas.

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Si la historia universal nos ha demostrado que la educación es uno de los grandes pilares que ha caracterizado a la humanidad, entonces es momento de asumir que requerimos de un sistema de enseñanza a la altura de las exigencias del siglo XXI: ¿qué modelo educativo hará compatibles la inmediatez con el aprendizaje? ¿En qué consiste el rol del profesor ante una sociedad inmersa en los datos? ¿Para qué necesitamos a los profesores? ¿Qué hacer para que la ligereza hedonista no nos asfixie? Son algunas de las preguntas que formulé en la Opinión Posmo, “De la educación cool”. Y aunque la lista de preguntas sigue, llegó la hora de construir.

Esos tiempos en los que el profesor era la gran figura de autoridad y el mesías de La Verdad, han llegado a su fin. Hemos de abandonar el modelo en que las instituciones y sus miembros académicos se colocaban en el pedestal de la sabiduría. El sistema rígido, autoritario, disciplinario, se reconoce por sus ruinas y los fracasos de un siglo marcado por las guerras, en términos de Byung-Chul Han, es en una réplica del sistema inmunológico. Pasamos de la amenaza del Otro a nuestra propia amenaza, en nosotros yace el enemigo. Nuestra época arrastra aquellos márgenes de libertad, la exaltación del individuo, la evasión del dolor por el placer explorados desde la generación perdida y los vanguardistas. Vivimos el tiempo de la personalización, del narcisismo neurótico en su más amplio sentido de la palabra. De ahí que la educación se convirtiera en algo flexible, individualista: la institución tiene que satisfacer los placeres del alumno, cumplir sus caprichos. No resulta extraño que en las últimas décadas se identifique a los colegios como negocios y padres y alumnos tengan la seguridad de decir: ellos están para satisfacer mis necesidades. Ante estos escenarios, se requiere de un modelo menos solipsista.

Las instituciones educativas tienen que derrumbar el cuarto muro; los alumnos, ser partícipes y el profesor, un mediador que active la curiosidad por aquello que se ignora con miras en el futuro. Las clases deben convertirse en momentos para la demora, en el que se aprenda a mirar, escuchar y reflexionar a partir de ideas opuestas. Las escuelas son el escenario donde los alumnos practican el papel que requieren desempeñar en la sociedad. El aprendizaje no tiene que ser ficticio, más bien lo contrario; el profesor no transmite datos, pues estos ya se encuentran en la palma de nuestras manos, sino experiencias.

Nuestro sistema educativo tiene mucho que aprender del teatro de Brecht, en el que a partir de una ficción se desnuda la realidad. El espectador adquiere un papel activo: ya no se identifica con los personajes, sino que le generan dudas, perspectivas y la autocrítica; el espectador no es pasivo, porque incluso al terminar la puesta en escena continúa la historia a partir de su realidad. Como lo señala Rancière:

“la mediación teatral los vuelve conscientes de la situación social que le da lugar y deseosos de actuar para transformarla”.

El estudiante no es un simple espectador de sus circunstancias, es un actor importante que debe innovarlas a partir de un sentimiento de colectividad.

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Al igual que los maestros, los alumnos son seres que constantemente están interpretando la realidad, se comunican a partir de registros lingüísticos, símbolos, y representaciones. Ambos están dotados de la razón, de la sed de abstraer y aprehender la realidad. La educación es el modelo en el que se asume la colectividad como condición de posibilidad para gestar traducciones e interpretaciones de nuestro mundo.

Tenemos que concebir a las instituciones educativas como recintos generadores de experiencias, un lugar comunitario, un espacio para el intercambio en el que ninguna voz se privilegia, en el que todos sus integrantes se reconocen como espectadores y actores de una misma realidad paradójica. En ese sentido, el profesor se convierte en el artista que no instruye al espectador, como lo define Rancière:

“que solamente quiere producir una forma de conciencia, una intensidad de sentimiento, una energía para la acción”.

Así, el profesor adquiere la responsabilidad de impulsar el diálogo, que reúne todo tipo de conocimiento con lo desconocido. Pienso que en un futuro cercano, los colegios y las universidades se convertirán en verdaderos espacios de experiencias sin títulos (nobiliarios), porque #SoyPosmo

Cecilia Amaro: filósofa, ensayista, cuentista y fanática de la posmodernidad. Su mejor hashtag #SoyPosmo. Ha publicado en Zona de Ocio, Nocturnario y Filopalabra. Directora General y columnista en Filosofía de Clóset.