Ideas Potables

Cecilia  Amaro  2018-10-28

Especies en riesgo de extinción, desastres ecológicos, glaciares deshielados, ballenas atragantadas con botellas PET, bolsas de plástico, calentamiento global y el advenimiento de la tercera guerra mundial por el agua. Desde que tengo uso de razón, no he dejado de escuchar una y otra vez la insistencia en estos temas, el estribillo de las 3R—reducir, reutilizar y reciclar—, la presión que ejercen para que yo, como consumidor, cambie mis hábitos, me haga más responsable con la inocencia de que al dejar de consumir X producto haré un mundo mejor.

La manera en que me han inculcado la llamada cultura ecológica, me parece de lo más falso y, por lo tanto, iluso, y no porque yo crea que los ecologistas o ambientalistas son ingenuos o simpatice con las teorías de la conspiración; no, más bien me resulta evidente que la tierra sufre las consecuencias de la intervención humana, pero como dije, desde que tengo uso de razón tan sólo he escuchado la repetición de las mismas ideas y no he visto un cambio real en los discursos de protección al medio ambiente, en los hábitos de las grandes corporaciones, y por ende, de los consumidores. Este escenario me lleva a concluir en que vivimos en los tiempos de la incompetencia y de la hipocresía.

Posmodernismo y Basura

Son los tiempos de la escasez, de cortes de suministro de agua y del llamado cuasiapocalíptico: ahorra agua. Y este llamado toma fuerza a través de la exigencia de tomar baños de cinco minutos, reutilizar el agua para lavar patios, sanitarios o pisos, o de no bañarse diario, sino cada tercer día bajo el eslogan: dermatológicamente comprobado; pero a su vez surge otra idea radical que pretende fusionar el ahorro del agua con la protección de los animales: dejar de consumir lácteos y carnes. Estos discursos son contraargumentados cuando vamos al supermercado o a la tienda: hay una gran variedad de marcas que venden no sólo agua, sino también refrescos, cervezas y jugos incluso, esto se lleva al ridículo cuando, mientras hacemos el shopping de rebajas, encontramos que ciertos centros comerciales ya cuentan con sus botellas de agua. Me parece de lo más contradictorio que mientras un discurso me obliga a ser más consciente del uso del agua, el otro me demuestra que la industrialización de las bebidas está más fuerte que nunca y me incita a consumirla, bajo el argumento: vive sano, bebe dos litros de agua diario.

Esta sonrisa irónica que nos muestra la realidad me lleva a otro punto: ¿por qué seguir pensando en ahorrar el agua en vez de buscar alternativas con impacto a largo plazo? Seamos sinceros, evitar el uso del agua no erradica el problema central: en primer lugar, el agua escasea y en segundo, hay zonas que no cuentan siquiera con drenaje. ¿Por qué entonces insistir en que el agua es un derecho universal para una vida digna? ¿Por qué no en desarrollar nuevas tecnologías para evitar el uso del agua? Pensemos únicamente en aquellas actividades cotidianas donde más se requiere del agua: lavar ropa y trastes, uso del sanitario y limpiar pisos o espacios.

Reflexionemos sobre la innovación de la industria de limpieza al crear nuevos productos para lavar ropa o trastes que prescindan del uso del agua. Sustituir los friegaplatos por máquinas lavaplatos que no usen agua o que su uso se reduzca a un cuarenta o treinta por ciento. Invertir en la creación de nuevos centros de lavado (lavadoras, principalmente) que evite el uso del agua. Crear jabones, detergentes, limpiadores que no requieran de agua para ser diluidos y garantizar la limpieza y desinfección de los espacios.

Basura Fashion

Estoy segura que algunos dirán: “pero ya están haciendo ese tipo de avances” o “esto no es posible en nuestro país porque es muy caro”. Y es este el punto: la hipocresía de nuestra sociedad. Para algunos temas, como la legalización del aborto, de la marihuana o del matrimonio homosexual, nos coloca al mismo nivel que las sociedades de primer mundo, pero cuando se trata de invertir realmente en un impacto ecológico a largo plazo, entonces el pensamiento negativo nubla la vista: “no se puede”, “es muy caro”, “es muy tardado”. Si logramos colocarnos al mismo nivel que Europa en mínimos aspectos sociales o políticos, ¿por qué no hacerlo en el ámbito del desarrollo de nuevas tecnologías con un verdadero impacto de bienestar y vida digna de las generaciones futuras?

Me pregunto cuándo podré aplaudir un proyecto que invierta e incite que los estudiantes en ingenierías trabajen en mancuerna con las grandes industrias para desarrollar tecnologías que prescindan del uso del agua. Y no nos escudemos que el neoliberalismo capitalista sólo quiere dinero o en el “no le conviene a las grandes empresas” o que no hay apoyos para dichos proyectos, porque nos consta que hay programas de becas y de estancias de investigación; sin embargo, el punto no es que si hay o no hay, sino que se prioricen realmente la búsqueda de soluciones no para un impacto de un sexenio, sino para el impacto de aquí a treinta años. ¿O qué pretenden mis queridos amigos ingenieros, ambientalistas y ecofriendly , que en el futuro le compremos los productos a los alemanes, franceses, chinos o japoneses como si aquí no se tuviera la educación, el talento y las necesidades para hacerlo? Dejemos de pedir becas para comprobar o regurgitar lo que otro ya hizo o sólo por el hecho de elevar nuestro ego y decir: ocupé una beca sólo para sacar el papelito de Doctor. Porque #SoyPosmo.

Cecilia Amaro: filósofa, ensayista, cuentista y fanática de la posmodernidad. Su mejor hashtag #SoyPosmo. Ha publicado en Zona de Ocio, Nocturnario y Filopalabra. Directora General y columnista en Filosofía de Clóset.