Debut y despedida

Cecilia  Amaro  2018-11-26

Son momentos de reflexión, memoria y contrastes; estamos a unos días para que el triunfo de la izquierda se consolide y me resulta inevitable mantenerme reflexiva. Recuerdo que hace algunos años creía poco probable que el PRD o MORENA llegara a la presidencia. Recuerdo aquél día que le dije a una amiga: “para que eso suceda, tendrán que pasar muchos años”; en efecto, pasaron varios años, pero no tantos como yo lo imaginaba. Es cierto, era predecible que esto pasaría, la política internacional nos ha jugado varias sorpresas que oscilan entre la derrota de los partidos fuertes por tradición, el regreso de ideologías de extrema derecha e izquierda, la subida al poder de partidos recién creados y de figuras frívolas, poco convincentes y con alma autoritaria disfrazada de bondad. Pese a que los movimientos socio-políticos a nivel internacional marcan la directriz de un cambio —para otros de retroceso—, lo cierto es que la democracia y sus representantes —gobernadores y candidatos— están en un proceso de decadencia.

Como aludí en mi opinión de hace algunos meses: las elecciones se han convertido en el gran espectáculo de la política, en la confrontación de personalidades, la innovación del marketing, de la manipulación de la psique en masa y en la acumulación de datos para marcar tendencias. Pero, más allá de las estrategias para obtener votantes o vender la mejor idea, están las figuras que se consideran representantes de la sociedad: los políticos. Desde que tengo interés por lo que sucede en la esfera del poder, no ha habido político que no haya insultado a otro. Y es justamente este mi punto a reflexionar.

Instalación artística

Durante este último sexenio, se le ha insultado y descalificado al presidente y a su equipo de trabajo, se ha deteriorado la relación de respeto entre la figura que se le otorga la representación de los mexicanos y el resto de la población, se ha lastimado la crítica, lo más objetiva posible, de la toma de decisiones no para un periodo corto, sino para un impacto de las próximas generaciones. Ya sea por cómo habla, cómo se viste, sus deslices, sus imprudencias, su imagen, se ha hecho del presidente una figura poco estable. La confianza y la credibilidad en los mandatarios se han desgastado. La empatía que puede generar alguien que desempeña un papel importante en la esfera del poder, se sustituyó por el rechazo y el insulto. Resulta imposible sentirse identificado con algún miembro del gabinete, con el Presidente, con los gobernadores y el congreso, y se creyó que la única forma de cobrar factura era con el voto por un grupo opuesto: la izquierda.

Muy pronto tendremos como presidente a un político —y en su momento, candidato— que ha puesto de moda ciertos apodos, insultos e ideas que descalifican a otros partidos políticos y figuras del poder. Sea por mera propaganda o una manera de hacer click con la población, lo cierto es que ha generado cierta tendencia en el habla y la mentalidad de los mexicanos; es muy claro cuando vemos los videos que se propagan por redes sociales, en los debates, en los spots, en los comentarios y las reacciones de los simpatizantes, así como en los memes: “PRIAN”, “derechairo”, “la marcha fifí”, “lo que diga mi dedito”, “el queso de puerco”, “Ricky riquín canallín”, “son corruptos”, “pues no llegué”, que reciben su respuesta con la misma intensidad, el mismo juego de insultar, desacreditar y difamar al otro, porque son “chairos”, “pejezombies”, “amlovers” o porque son producto del “primor”.

Como usuario de las redes sociales, me resultan llamativas las diversas respuestas de odio y desprecio de los dos polos de la sociedad: los simpatizantes y los nuevos resentidos. Dichas respuestas se ven reflejadas en las conversaciones triviales, en las calles, en las escuelas y en el trabajo. La confrontación está al orden del día; ya resulta poco alentador dialogar sobre diversos intereses, porque sin importar lo que uno defienda o cuestione, se le señala de clasista, ignorante, traidor, feminazi, difamador, misógino, homofóbico, fascista o violador de los derechos humanos: insultos que sólo sirven para desacreditar al otro sin crear un verdadero argumento ni agregar nada a la conversación. Hay una tendencia en la sociedad: restringir la convivencia social sólo a aquellos que piensen igual que yo; idealizamos a las personas a partir de ciertos comentarios o desempeño laboral: si estudiaste literatura eres chairo, si estudiaste mercadotecnia eres derechairo. Somos una sociedad maniquea, una sociedad que se subfragmenta.

Ahora entendemos el ejercicio del debate como un rebote de lo que queremos escuchar, creemos que enriquecemos nuestras ideas en la medida en que escuchamos el mismo discurso reflejado en figuras de autoridad, imaginamos que alentamos la crítica porque dividimos las opiniones en buenas y malas : estamos perdiendo la capacidad de escuchar comentarios a favor y en contra y confundimos la crítica con el insulto, lo desfavorable y favorable en la medida en que afecte nuestros intereses individuales.

Filosofía y arte

Lo preocupante del siguiente sexenio no es la cuestión política, pues todo partido que gane las elecciones se enfrenta al mismo drama de cada seis años: el cumplimiento de las promesas de campaña, de la búsqueda de recursos y aliados, de los movimientos de gobierno a nivel nacional y la presión internacional, las renuncias, los fallecimientos, las traiciones y las decepciones. No, eso no es lo preocupante; cada gobierno aprende a malabarear con esos retos, más bien lo que resulta urgente por resolver es la violencia civil que no tiene límites, que se refleja a través de la intolerancia, la disolución de las jerarquías, la imposición de ideas, la exigencia de decir lo que pensamos, la falta de credibilidad en la voz del otro por ser opuesta a un discurso o la opinión personal, la descalificación del individuo por su forma de pensar, en conclusión, porque la realidad no funciona como yo lo ordeno.

Como sociedad debemos recuperar la empatía entre nosotros, la manera de no antagonizar unos con otros; buscar la pluralidad de los discursos aunque sean opuestos y contradictorios; al igual que nos apropiamos de los insultos entre políticos y normalizamos la terquedad por imponer un punto de vista a los demás, ya es hora de que normalicemos el contraste de ideas, el respeto y la responsabilidad. Dejemos de abusar de la libertad de expresión, últimamente prostituida por el libertinaje del insulto gratuito, cínico y déspota. Porque #SoyPosmo

Cecilia Amaro: filósofa, ensayista, cuentista y fanática de la posmodernidad. Su mejor hashtag #SoyPosmo. Ha publicado en Zona de Ocio, Nocturnario y Filopalabra. Directora General y columnista en Filosofía de Clóset.