Psicoanalista y feminista: ¿aporía?

Ronit  Guttman  2018-12-02

Primero fue el turno de Schiele y de Balthus, poco después le tocó a Waterhouse. Censurar obras de arte es tendencia cuando los contenidos en ellas son lo suficientemente críticos como para sacudir a sus espectadores y hacerlos reflexionar y cuestionarse sus certezas adquiridas. Algunas acciones en nombre del feminismo han perdido su brújula (o su brújula apunta a una cosa muy distinta de la que públicamente declaran) y me avergüenzo de asumirme feminista cuando leo la dirección que toman ciertas ideas materializadas bajo esa bandera. De cara al arte y a algunas curadurías y estrategias museográficas «feministas», no cabe duda, es cuando más vergüenza siento.

El arte es, como las formaciones del inconsciente (sueño, síntoma, olvido, lapsus), cumplimiento de deseo. Tiene un sentido y una función subjetivante, así como de lazo social. Censurar unos Schiele, Balthus o Waterhouse (y contando) genera más violencia que sus exhibiciones. Suprimir, negar y borrar el pasado es una forma de garantizar su actualización. Clarice Lispector, en La pasión según G. H. , nos invita a recordar, a reconocer, a pesar de y precisamente por el dolor y el temor:

“¿Quieres recordar conmigo? Oh, sé que es difícil: mas vayamos hacia nosotros. En vez de superarnos. No tengas miedo ahora, estás a salvo porque al menos ya ha sucedido, a no ser que veas peligro en saber que sucedió”.

feminismo y censura

Algunos así asumidos «feminismos», esos que hacen las veces del trampolín conceptual de las curadurías y estrategias museográficas que menciono, no parecen entender nada de memoria, de archivo, de historiografía y de psicoanálisis; algunos así asumidos «feminismos» convierten la interseccionalidad en una tabla comparativa de sufrimientos más o menos válidos; algunos así asumidos «feminismos» buscan empoderar a niñas y mujeres sin darse cuenta (¿o dándose cuenta? Y, en todo caso, ¿qué es peor?) que los discursos de empoderamiento son discursos de dominación, discursos de amo. Del mismo modo, algunos psicoanálisis no entienden nada de feminismo y ciegamente homogenizan a todos los feminismos, de todos se burlan y ante todos se posicionan con un halo de superioridad: ¡discursos de dominación, discursos de amo! Parece que hay una tensión irresoluble donde todos los feminismos quedan reducidos a una misma cosa, a una penosísima cosa como la de Waterhouse, Schiele y Balthus. Sin embargo, hay un vasto abanico de feminismos, hay un montón de teorías y luchas que no pelean contra el psicoanálisis, al contrario, bien podrían nutrirse de él, pero antes de escucharlas se juzgan, ¿y la escucha psicoanalítica, atenta, flotante, dónde queda?

Desde el psicoanálisis, donde estoy al menos, hay feminismos que no buscan igualdad porque no somos iguales, porque justamente no queremos indiferencia, ¡partimos de la diferencia! Partir de la diferencia entre hombres y mujeres, partir de la diferencia entre mujeres, partir de la diferencia de los sexos y de los géneros, partir de la diferencia de raza, de religión, de etnia, de clase: la différance , y punto. Partir, andar, porque la inmovilidad, la indiferencia y la homogenización son la muerte. Partir con el sólo destino de moverse, de migrar, incluso si el único rumbo posible es seguir errando.

Clarice Lispector, en Aprendizaje o el libro de los placeres, nos recuerda que

“es necesario no olvidar y respetar la violencia que tenemos. Las pequeñas violencias nos salvan de las grandes”.

No niego la violencia del arte, tenemos que reconocer que no hay empresa de la vida humana que no parta de la violencia de que somos y estamos sujetos al lenguaje, de que ser humanos es resultado de estar en falta : pensamos, hablamos, cuestionamos, creamos, creemos, amamos, sufrimos, odiamos, destruimos y un largo etcétera, porque somos y estamos sujetos al lenguaje, porque si nada nos faltara estaríamos colmados, acabados, muertos. No niego la violencia del arte, porque el arte como producción cultural, humana, artificial, es resultado de la falta, ésta a su vez es causa y efecto del lenguaje, falta que se convierte en posibilidad, ¿posibilidad de qué? De arte, de psicoanálisis, de feminismos o de lo que se nos ocurra. No niego la violencia del arte porque parto de la diferencia, porque la diferencia nos parte, nos divide, nos fragmenta, nos violenta. No niego la violencia del arte, ¿por qué algunas curadurías y estrategias museográficas «feministas» sí? No es como que el pasado desaparece si me cubro los ojos y me tapo las orejas: suprimir, negar y borrar el pasado es una forma de garantizar su actualización.

violencia en el arte

Con lo anterior en mente, es importante distinguir entre una violencia fundante, indispensable e ineludible para que seamos seres humanos. Luego hay otras violencias que se superponen en capas, se suman, se cruzan, se enredan. Con esto no quiero decir que la violencia, en tanto inherente a lo humano, hay que soportarla indiscriminadamente. Una cosa es ser humano y estar en falta, ser y estar sujeto y todo lo que esa sujeción implica, y otra cosa bien distinta es la violencia desbordada y asesina. La misoginia es un ejemplo del segundo tipo de violencia que no tenemos que soportar indiscriminadamente. No apuesto a la igualdad, no apuesto a borrar la diferencia, no apuesto a la armonía, no apuesto a erradicar la violencia, pues, como se lee arriba, me resulta imposible; apuesto solamente a que el índice de feminicidios en este país —pero que de ningún modo es el único— disminuya, apuesto a que —sin tener que llegar a la aniquilación— la violencia machista (contra mujeres y hombres) disminuya. Sí hace falta un feminismo, pero sobran víctimas (en todas las formas de abordar y pensar el concepto de «víctima», sobran víctimas); tenemos la responsabilidad de pensar qué tipo de feminismo necesitamos y queremos para echar manos, pies, el cuerpo entero y nuestra alma a la obra. Apuesto por un feminismo que se disponga a construir memoria y a hacer trabajo de archivo en lo más próximo, no uno que se disponga a la cancelación y censura; un feminismo que dedique sus energías a luchar por mejorar nuestras vidas y rememorar a nuestras muertas y todas esas violencias desbordadas: las mujeres torturadas y asesinadas en Ciudad Juárez; las mujeres detenidas, torturadas y violadas en Atenco; las 41 niñas y adolescentes que murieron incineradas en un albergue estatal en Guatemala, así como aquellas que alcanzaron a huir, pero antes ya habían sido abusadas por quienes estaban a cargo de su cuidado (no por nada prendieron fuego al inmueble); las adolescentes y mujeres migrantes que sabiendo que serán violadas en su camino hacia el american dream toman anticonceptivos para, al menos, no quedar embarazadas; las niñas, adolescentes y mujeres salvadoreñas encarceladas por abortar accidentalmente el producto de una violación y también aquellas que deciden interrumpir su embarazo, sea éste o no producto de una violación; las niñas, adolescentes y mujeres esclavizadas y explotadas en redes de prostitución; las mujeres cuyo trabajo es, como sus derechos laborales, invisible; la brecha salarial entre hombres y mujeres que desempeñan las mismas tareas; las familias de mujeres asesinadas por ser mujeres, que encima tienen que explicar que ¡sus mujeres no merecían ser asesinadas —en Argentina, en Ecuador, en Costa Rica, en Sinaloa, en Puebla, en Guerrero, en Chiapas, en Veracruz a manos de policías, en Ecatepec, en Naucalpan, en la Narvarte, en una combi en Ciudad Neza, en una cabina telefónica en la UNAM, en la propia casa en llamas— por su etnia, por su poder adquisitivo, por su nacionalidad, por los lugares donde se movían, por los novios y amigos que tenían o porque se movían solas, por la ropa que vestían, por el grado de estudios que habían o no alcanzado, por el trabajo que desempeñaban o por ser desempleadas!

feminicidio en México

Las atrocidades recién enlistadas son resultado del cruce de múltiples violencias: corrupción, impunidad y tortura sistemáticas generalizadas que padecemos mujeres y hombres también; sin embargo, a las atrocidades recién enlistadas se suma una violencia más: la violencia de género que existe y opera efectivamente. El blanco de estas atrocidades son mujeres, así como el motivo para cometer semejantes atrocidades es que son mujeres. Son mujeres y es fácil acosarlas, atacarlas, violarlas, desaparecerlas y matarlas porque, tautológico como parece, son mujeres (qué es ser y quién es mujer son cuestiones que no abordaré aquí). Porque, aunque a algunos psicoanalistas les pese, hay un sistema, unas estructuras —eso que Lacan llamó Simbólico— que delimitan los posibles movimientos y acotan las posibles combinatorias. Esas estructuras, lo Simbólico, ha sido históricamente y sigue siendo un sistema patriarcal donde las mujeres son, como las tierras, una propiedad, un bien explotable, una oportunidad de alianza, un comodín a intercambiar, un as bajo la manga. Si algunas cosas han cambiado —y han cambiado— es porque hay feminismos. Si queremos escapar de la espiral de repetición, tenemos que, entre muchas otras cosas, dejar de censurar y pensar qué tipo de feminismo nos hace falta, cuáles son las causas a las que dedicaremos nuestras energías, qué y cómo hacer para detener esta violencia desbordada y asesina que desgarra a México, a Latinoamérica y al mundo.

A la memoria de las hermanas Nefertiti y Grecia Camacho, de 14 y 16 años de edad, asesinadas por policías en Veracruz el 10 de marzo de 2018. A la memoria de Valeria Teresa Gutiérrez, de 11 años de edad, violada y asesinada en una combi en Ciudad Neza el 9 de junio de 2017. A la memoria de Lucía Pérez, de 16 años de edad, violada con palo vaginal y analmente hasta matarla de dolor el 8 de octubre de 2016 en Mar del Plata, Argentina. A la memoria de María Trinidad Matus, de 25 años de edad, asesinada en la playa de Santa Teresa en Costa Rica, el 5 de agosto de 2018. A la memoria de Graciela y Gatziella Sol Cifuentes, madre e hija de 62 y 22 años de edad, respectivamente, apuñaladas, estranguladas y calcinadas en su propia casa el 15 de marzo de 2018. A la memoria de Mara Castilla, de 19 años de edad, violada, golpeada, estrangulada y asesinada en un Cabify en Puebla el 8 de septiembre de 2017. A la memoria de Nadia Vera, Yesenia Quiroz, Mile Virginia Martín y Olivia Alejandra Negrete, de 32, 18, 29 y 40 años de edad, respectivamente, brutalmente torturadas, violadas y asesinadas en el multihomicidio de la Narvarte el 31 de julio de 2015. A la memoria de Lesvy Rivera Osorio, de 22 años de edad, estrangulada con un cable en Ciudad Universitaria el 3 de mayo de 2017. A la memoria de las 41 niñas y jóvenes guatemaltecas calcinadas en un albergue estatal el 8 de marzo de 2017. A la memoria de las más de 1600 víctimas de feminicidio solamente en México, solamente de 2015 a 2017. #NiUnaMenos porque #VivasNosQueremos.

Ronit Guttman es psicoanalista y feminista. Maestra en Saberes sobre Subjetividad y Violencia en el Colegio de Saberes con la tesis Lenguaje: única posibilidad de hospitalidad, nombre y duelo imposibles y egresada de la Especialidad en Psicoanálisis en Dimensión Psicoanalítica. Gestiona la serie de seminarios independientes Desde el psicoanálisis, un espacio para pensar diversos temas desde una ética psicoanalítica. Docente de psicoanálisis, literatura, y danza aérea e iniciación a la danza y al teatro.