Pedacitos subjetivos

Ana Lucía  Rodríguez  Fernández 2018-12-09

“Me siento hecha pedacitos”, se alcanza a escuchar desde la cabecera de un diván. La fuerza sonora de dichas palabras rebota contra los muros del cubo espaciotemporal que los acoge. Rebota y estalla. Figuras de un caleidoscopio hecho de imágenes y de significantes se multiplican a partir del estallido de esa frase: la fuerza de esa sonoridad está propulsada por una carga de afectos que se despliegan atropelladamente. Una temporalidad sin tiempo, un inmemorial, invade el espacio; representaciones y afectos que se han inscrito en el cuerpo de quien enuncia adquieren una vaga consistencia; consistencia gaseosa, pero densa. Cada una de las imágenes remite a otra y, en cada choque, hace crispar infinidad de puntos en la constelación de esa estructura inconciente. Vértigo… y un corte. Corte externo de aquel escucha silente, que detiene el deshilvanamiento de la malla para que, en algún momento posterior, quien enuncia logre hilvanar un nuevo tejido subjetivo. Pero ¿cómo ser fiel en la escritura a esa multiplicidad de cuyo despliegue hemos sido cómplices y testigos? ¿Cómo, a posteriori, dar cuenta de ello en un escrito? Es decir, ¿cómo urdir?, ¿cómo escriturar, desde el inevitable sentido que hacer lenguaje nos exige, eso que aparece como estallidos constelares de un psiquismo en devenir? ¿Cómo ser fiel en la escritura a ese despliegue de multiplicidades cuasi caóticas del inconciente? Hemos, como analistas, de hacer cortes que aperturen; cortes que se inscriben en un tiempo y que buscan desasir los sentidos fijados, las representaciones amalgamadas del sujeto. Sin embargo, también se nos exige escriturar. He ahí el trabajo de subjetivación al que nos enfrentamos, he ahí la condena freudiana, la deuda imperativa que nos acomete tras haber sido escuchas de aquellas frases cargadas de afectos, de aquellos enunciados que nos arrojan sin armamento al agujero negro del inconciente. Hemos de significar, aunque siempre y sólo parcialmente, el caos.

escritura en el psicoanálisis

Una de las formas más dignas de dar el nombre es a través de la escritura, tras haber sido escuchas de afectos, síntomas, representaciones e imágenes -aquello que es lo más propio, lo más íntimo, de un sujeto-: escriturar, dar nombre, a aquellas subjetividades de cuyo despliegue hemos sido cómplices y testigos. Sin embargo, este dar nombre es siempre dar otro nombre … no somos quién para dar nombre a otro; no se puede subjetivar por otro. El nombre “real” de aquél a quien recibimos y escuchamos ha de quedar en el secreto. ¿Cómo, pues, dar nombre? ¿Qué nombre dar y cómo escriturar-lo? ¿Cómo ser fiel a este imperativo de nombrar y, al mismo tiempo, ser fiel al “secreto profesional”? Éste es el primer problema al que yo, como escribana amateur, me enfrento tras la escucha. ¿Cómo signo mi caso y bajo qué nombre propio? El segundo escollo, que no es independiente del primero, es mi lugar como testigo. ¿Cuáles, si los tiene, son los privilegios de éste y qué precio se ha de pagar por ellos? En palabras de Ricardo Forster,

“¿qué relación existe entre el testigo, su palabra y la certeza? ¿Puede abordarse el testimonio del testigo desde algún valor de certeza, de seguridad, inclusive de conocimiento como tal? ¿El habla del testigo es, acaso, del orden de la verdad?”.

¿Qué tanto he de ficcionar, qué tanta veracidad no he de perseguir o demostrar? ¿Cómo producir una verdad sin perseguir un saber, sin colocarme en el lugar de un amo que, además de osar dar un nombre, conoce la causalidad y es capaz de interpretar un inconciente del que apenas tuvo noticia?

Las dificultades continúan: ¿cómo tejer?, ¿desde qué punto de partida y hacia qué punto de llegada, si sostenemos que no hay genealogía sino, como indica Deleuze, rizoma ? ¿Desde qué lugar dar sentido a aquello que se ha producido como corte? El problema, en pocas palabras, se inscribe en la pregunta por la falta y por la totalidad: cómo escriturar algo que es un proceso en devenir. Cómo escriturar el no todo . ¿Cómo tejer la escucha sin dejar de ser fiel al papel del testimonio, pero apuntalando hacia algo de la teoría, hacia algo que valga la pena para la investigación y para seguir pensando la clínica como proceso? Camino que estará sembrado de complicaciones y que en el que iremos abriendo paso al ritmo de la escritura; haciéndolo con ella. Desde el lugar del testigo-escriba no se pone en juego el valor de constatación, no es el propósito dirigirse al lector para informarle o hacerle saber algo; no hemos de movernos en términos de veracidad. Luis Aragón González diría que

“la verdad del testigo no forma parte de los enunciados constatativos; sus enunciados no tienen un valor cognoscitivo. Eso no es lo esencial. En el testimonio se obra o se hace la verdad. Lo propio del testimonio no está en la verdad expuesta, cuya exposición al posible error o equivocación no se puede excluir de antemano; no está en lo que se dice, en el contenido objetivo, viciado de subjetividad, sino en lo que se hace al decir, esto es, en el compromiso que adquiere el testigo.”

Así, sin buscar constatar hecho alguno, pero asumiendo en acto este compromiso de la palabra cuya función es realizativa, doy nombre y escrituro.

testimonio en el psicoanálisis

¿En qué consiste, pues, esta escritura que buscamos emprender? En hilvanar una secuencia de huellas en sí mismas silenciosas que aparecen de manera metonímica; puntos de una constelación que, por operación de un tiempo y de un espacio concretos, se van presentando como destellos. Entre ellos no hay continuidad ni leyes de causa y efecto; operan, más bien, como saltos cuánticos: discontinuidades de un inconciente sin contenidos. ¿Cómo, pues, anudar? ¿Cómo establecer sentido a partir de la multiplicidad y el desplazamiento?, ¿cómo, si invariablemente el sinsentido irrumpe? Cada pensamiento producido dentro del cubo espaciotemporal del consultorio es una suerte de tirada: una carta de la baraja, una singularidad; el fragmento de una única constelación -de la batería de significantes-, de un punto aleatorio que, en palabras de Deleuze,

“cambia siempre la regla, que coordina y ramifica las series correspondientes, insuflando el azar a todo lo largo de cada uno.”

Cada pensamiento insuflado de azar es un vaso comunicante que resuena en todos los demás, un destello que se desplaza en un devenir vertiginoso de afectos e instantes sin regla. Así, el flujo de palabras y de pensamientos, constituye la paradoja del sentido y de la identidad; en tanto irrupciones del devenir instauran el presente, al tiempo que constituyen una identidad infinita, e infinitamente divisible, en la que se concentra el pasado y el futuro del caos unitario en el que devienen. Es decir, los pensamientos son, por un lado, relámpagos, fracturas absolutamente singulares que resquebrajan el tiempo instaurando el presente y, al mismo tiempo, estrellas interconectadas en una constelación atemporal en la que pasado y futuro se funden en una identidad infinita. A las seis de la tarde, por ejemplo.

¿Cómo, pues, signar? ¿Cómo escriturar el proceso, inscrito en un devenir temporal, de la subjetividad? Si partimos de la idea humeana de que el continuo es una ilusión perceptiva, una ilusión que se forma a partir de una acción, de un acto, entonces podemos pensar la escritura como un decir performativo que, en tanto iterable, seguirá aconteciendo. En este sentido, no se trata de inscribir un saber que obture, sino de estar abierto a la posibilidad de la sorpresa que desborda… y de sostener la falta: escribir es sólo crear una ficción, un artificio, que va significando de manera activa. Escribir, dice Michel de Certeau, es un trabajo de diferencias en el que se hace memoria: nada posee, ni nada da su contenido, sólo representa a través de construcciones, sustitutos y ficciones siempre desmontables. Constantes acoplamientos de “los pedacitos” subjetivos. Escribir, pues, es dar nombre y, con ello, dar ser.

subjetividad y ficción en el psicoanálisis

En otra resonancia

En este punto, recuerdo las palabras: “me siento hecha pedacitos”. Y, desde todos aquellos lugares que ocupo -escucha, testigo, parlante, sujeto, analizante-, vuelvo en la memoria a ese cubo que contiene infinidad de palabras cargadas de afectos y me pregunto si realmente todo es tan optimista. Si realmente la producción está a la orden del día y las palabras de Deleuze “quienes han sabido ganar” adquieren un peso de plomo. ¿Quién ha sabido ganar? En ocasiones, he fracasado en ambos lados del diván: el azar no se ha ramificado, la multiplicidad muchas veces no ha logrado descoagular afectos y representaciones. Así, a pesar de la fascinación nietzscheana por una existencia como posibilidad de afirmar la vida, me pregunto si no todo indica que

“las fuerzas de la pesadez, la asunción y la conservación siguen triunfando sobre las de la ligereza, la afirmación y la renovación. ¿No será que el hombre es esencialmente reactivo, que el tipo ´hombre´ es el producto más aquilatado del devenir-reactivo?”, como lo señala Miguel Ángel Martínez Quintanar.

Me acosa el compromiso con la multiplicidad que tanto ha rondado mi cabeza durante ya bastante tiempo: ¿cómo unir esos pedacitos de una forma otra ? ¿Cómo tejer lo mismo como diferencia? ¿Cómo hacer una constelación en devenir desde todos esos pedacitos que han estallado y quedado suspendidos en una especie de tiempo detenido? También para eso tiene una respuesta Deleuze: hay una suerte de primacía ontológica de la afirmación como retorno. Como si no hubiese una posible vuelta de lo negativo; ¿realmente sólo retorna lo que se afirma? Quizá. Pero entonces habremos de detenernos en plantear qué hemos de entender por afirmación subjetiva.

Ana Lucía Rodríguez Fernández: licenciada en Filosofía por la Universidad Iberoamericana, y maestra en “Saberes sobre Subjetividad y Violencia” por el Colegio de Saberes. Actualmente, cursa la especialidad en “Práctica psicoanalítica: posicionamiento ético ante el dolor”, y el doctorado en “Saberes Sobre Subjetividad y Violencia” -ambos en el Colegio de Saberes-. Cuenta con estudios en el Círculo Psicoanalítico Mexicano, así como en el Nuevo Centro de Estudios de Psicoanálisis (NUCEP), Madrid. Es autora de varios artículos relacionados con la filosofía y con el psicoanálisis.