Digresiones pseudofreudianas

Cecilia  Amaro  2019-02-11

Siempre he tenido la debilidad de convertir a los personajes en personas encarnadas. Lo hice con Eugenia Grandet, Madame Bovary, Madame Sourdis, ¿por qué Nora tendría que ser la excepción? Lloré con ellas, guardé silencio, maldecí al margen del libro, repetí cualquier gesto y dejé la marca en la hoja. Los personajes se vuelven nosotros (suena trillado, ¿verdad?). Recuerdo que la misma emoción me causó una película: la protagonista castraba y le cortaba la pierna a su esposo. Lloré. Pero no fue por la brutalidad, más bien eran lágrimas estéticas; se lo dije a una amiga y ella me miró con ternura y murmuró: eres tan profunda. No sé por qué lloré, tal vez porque una parte de mí se siente mutilada o porque caí en la cuenta simbólica de mi castración (nótese el término psicoanalítico). ¡No lo sé! Como dicen los franceses ¡a la merde ! Aunque, a decir verdad, prefiero el español. El francés afea la lengua. No tiene nada de romántico, como muchos suelen creer, en cambio el español es directo y tiene un toque de dulzura. (Aquí un buen psicoanalista estará anotando “encabalgamiento”, acto seguido buscará un patrón y pensará en alguna pregunta para que no deje de hablar el paciente. Espero unos minutos. No hay pregunta. Sigamos hablando).

Casa de muñecas

Una ocasión, mi amigo físico me dijo que somos una dona: todo lo que entra sale. (Interprételo como quiera). Se me quedó muy presente y tomó sentido cuando estuve en un curso de introducción al psicoanálisis (de esos que la mayoría toma y cree que ya lo sabe todo del tema), mencionaron que los niños viven una etapa en la que aprenden a desprenderse, lo cual se liga a la comprensión de sí mismo como individualidad. El ejemplo que nos daban fue la orina y la evacuación (tiene todo el derecho de fruncir el ceño). ¿Cuántas veces no empleamos el término evacuación? La asociamos con la ida al sanitario, con zona de riesgo, con salida de emergencia. Por ahí alguien dijo (no me obligue a recordar el nombre del autor porque me obsesiono) que los sinónimos no existen. Pero lo cierto es que nuestra cabecita funciona por asociación, y creo (subraye el creo) que por eso acomodamos nuestro lenguaje a partir de sinónimos, los empleamos para señalar que una cosa es igual a otra, pero con un ligero matiz.

¡Oh! Pero yo quería hablar de Nora, Norita, Norita. Nunca he ido a una representación, pero si yo tuviera que montar la obra elegiría de actriz a una linda mujercita menuda, pequeña, de cara redonda, con ojos de alondra, cabello de ardilla, vocecita de paloma; sólo una actriz de ese tipo podrá interpretar a una cabeza de chorlito, una niña que esconde sus almendras para que papá Torvald no la regañe, una niñota que juega a las escondidillas y se arrastra debajo de la mesa. Para mí, así es Norita: una pícara infantil.

Ahora que lo pienso bien, algo que me parece enigmático de las obras de Ibsen es que logra poner en el centro a sus personajes principales: todos los personajes tienen que relacionarse directamente con el protagonista, sacarle todo lo que puedan, desnudarlo a través de preguntas, regaños, amenazas o sorpresas. Cada vez que interviene un personaje, el protagonista muestra una de sus caras, saca la mejor máscara para la ocasión. Veamos el caso de Norita. En el momento en que llega su amiga Cristina, Norita nos muestra sus más grandes anhelos: tener montones de dinero para gastarlo, vivir holgadamente, ser una familia hermosa con hijos maravillosos; a veces rivaliza con su amiga, a cada objeción una respuesta (pobre Norita, ella cree que es audaz y sólo muestra su infantilismo maternal), hasta sueña con un hombre millonario que la saque de su deuda. Por ahí leí que a los psicoanalistas les fascina el término de la deuda porque consideran que el ser humano siempre está en falta, en deuda consigo mismo, con la sociedad, con el tiempo, con la cultura...deuda moral o monetaria es sinónimo de falta, ausencia, fragmento, rasgo... (basta, no soy diccionario de sinónimos).

Dije que me fascinaba el gran logro de Ibsen: colocar en el centro al personaje principal. Pero, sinceramente no me interesa hablar de la estructura dramática, ni la construcción de personajes, menos de la anécdota ni sus acotaciones. No, nada de eso, lo que me parece apabullante es la cantidad de veces que Nora alude al término “salida” (¡por lo menos diecisiete veces!).

La psicología de casa de muñecas

La primera vez que uno encuentra esa alusión, que se externa, que se simboliza, que se convierte en signo, en palabra (creo que me afectó ir a ese cursillo lacaniano) es en aquella escena en la que está conversando con sus amigos, un médico y Cristina, y les dice: tengo muchas ganas de decirle a Torvald algo, pero no puedo, es algo feo. ¿Pero qué es, mi querida Norita? Tengo ganas de decirle “al cuerno” (si Norita estuviera con el psicoanalista, esta expresión no pasaría por alto). ¿Por qué al cuerno? ¿Por qué sería feo decírselo a su esposo? ¿Qué significa “al cuerno”? Y aquí viene la avalancha de imágenes: ponerle el cuerno, vete al cuerno, ¡pues cuernos!... ¿y qué es todo eso? Estar con alguien más, mandar al diablo a la otra persona o una forma metafórica de decir que no obtendrás nada. Con la que más me quedo es “mandar al diablo” a la otra persona: alejarla, que se vaya... ¿pero mi Norita qué quiere? Claro, nada de eso tendría sentido hasta ver el desenlace de ese “algo feo” que no se atreve a decir: largarse de una vez por todas.

En efecto, Norita busca huir de su situación, salir de la deuda, morir para desaparecer, abandonarlo todo para no ver su desenlace. Toda la obra no es más que una metáfora de las múltiples maneras que uno puede expresar (mejor dicho, aludir) el deseo de apartarse. Dejar al esposo que no la respalda, cortar de tajo con la sustitución del padre por el esposo, la necesidad de hacerse de su individualidad, la desesperación de ser reconocida como una unidad y no como un conjunto de roles y el deseo frustrado de no ser mayor de edad. Norita quiere salir pero no se atreve, está en constante búsqueda de una solución y al no verla, la preciosa niña Norita espera un milagro. ¿Y cuál es? Que su esposo reaccione comprensivo ante su situación que la pone en peligro: el cobro del préstamo. Pero al no ver la reacción tan esperanzadora, Norita ve desmoronarse su fantasía.

Como en el análisis, todo embona porque algo ha caído. Todo este tiempo, Nora no caía en la cuenta que era tratada como una muñeca, que todo lo que le rodeaba fue impuesto primero por la figura del padre (a lo lejos, Nora murmura: “¿y yo?”), después fue sometida por el esposo, como su segundo padre La deuda es culpa de Nora, la deshonra es para él; en algún momento, la deuda es perdonada, ¡qué felicidad para el esposo! (“¿y yo?”). ¿Dónde ha estado Nora todo este tiempo?: jugando a ser mujer, esposa y madre, sin escucharse, sin reconocerse.

Los psicoanalistas dicen que todos tenemos traumas y los revelamos de diferentes formas, los cuales nombran como síntomas. Y eso se revela a través del sueño, las palabras, los vacíos, los deslices. Me da la impresión que somos una especie de muletillas, repeticiones que a simple vista no tienen correlación alguna, pero que en el fondo, cuando se mencionan las palabras correctas, cuando es el momento, cae todo el sentido; esto último toma importancia para los psicoanalistas, pues dirán que el paciente se libera y se sumerge en una sensación de liberación dolorosa, un duelo que reconoce el inicio de su novela neurótica, la ruptura que devino en psicosis, en complejos, en eso que no se puede definir, pero que se vive. ¿Será por eso que para ser psicoanalista antes se debe pasar por el análisis?

Casa de muñecas Ibsen

Como dije en algún momento, tengo la debilidad de convertir a los personajes en personas encarnadas y tal vez por eso pienso que todos somos una Nora, que tratamos de huir de nuestros pensamientos, recuerdos, fracasos y preferimos hacer de nuestras vidas una gran casa de muñecas. Gozamos ignorar nuestro ego, nuestro yo. Nos inclinamos por silenciar el rincón más obscuro de nuestro ser. Nos escudamos creyendo que los sueños, sueños son y la vida tiene una lógica propia que no vale la pena juzgar. Nos engañamos esperando un milagro, el cumplimiento de nuestras ilusiones y depositamos nuestro ideal en un Otro ; lo convertimos en el conductor de nuestros destinos para Nada. Entonces, deviene la decepción, el fracaso, la incompetencia, la frustración. Ese Otro no es lo que pensábamos de él. ¿Y qué es lo otro ? Nada. ¿Y qué soy yo? Nada. Hasta no caer en la cuenta, entonces no podré construirme. Me pregunto, si esto del psicoanálisis es una forma de regresarnos nuestra humanidad o un modo de regalarnos el tiempo para pensar en nosotros mismos ¿o por nosotros mismos? Me pregunto, si debería ir con el psicoanalista. Pero antes, visitaré a mi maestro Fiódor.

Cecilia Amaro: filósofa, ensayista, cuentista y fanática de la posmodernidad. Su mejor hashtag #SoyPosmo. Ha publicado en Zona de Ocio, Nocturnario y Filopalabra. Directora General y columnista en Filosofía de Clóset.