Los sueños del surrealismo

Federico  Ballí  2019-02-18

En una de sus conferencias, que se puede encontrar en Siete noches , Borges mencionaba que las imágenes que vemos en los sueños surgen de una clase de empalme que sólo termina de adquirir su forma al despertar, como un intento de nuestra mente lógica, nuestro pensamiento narrativo, de dar sentido a ideas inconexas; por ejemplo, digamos que mientras dormimos nos viene a la mente la imagen de un árbol y a ésta le sigue de inmediato la de un vaso de agua; al despertar, ligaremos estas dos ideas —en un proceso no muy lejano al del montaje— y diremos que soñamos con un árbol que crecía dentro de un vaso de agua. Ésta es la esencia de la imagen surreal: unir dos conceptos o figuras distantes para crear algo que se aleja de la realidad y que, aun así, existe. Por supuesto, no se puede reducir el movimiento surrealista sólo a esta técnica, pero me parece que a partir de la misma se desdoblan la mayoría de las características por las que lo reconocemos hoy en día, como son la escritura automática, la arbitrariedad y el interés en el inconsciente. A partir de estos elementos encontramos una clase de cine que se desata de la realidad para inspeccionar las pasiones de los protagonistas —sobre todo aquellas relacionadas con la sexualidad— y utiliza el montaje y el encuadre para mostrarnos una realidad que sigue la lógica de los sueños.

Dreams that money can buy

Éste es precisamente el argumento de Dreams money can buy , un filme en el que Hans Richter plasma al artista como una clase de traficante de sueños. Aquí, el protagonista —plasmado con una estética que me recuerda a la de los detectives del noir — observa en la mirada de sus clientes el sueño que éstos buscan. Este marco narrativo, posiblemente una de las decisiones creativas más geniales de la obra, permite ligar y dar coherencia a distintos “cortos” de artistas como Man Ray o Duchamp de tal forma que los sueños de los clientes adquieren una personalidad en específico que se desprende del estilo de cada uno de los colaboradores: el sueño erótico del banquero contrasta con su apariencia fría; los maniquíes que aparecen en el de la joven acentúan su búsqueda de identidad y, a mi parecer, le imprimen al personaje una actitud controladora.

La barrera entre sueño y realidad, que Hans Richter resquebraja al final de Dreams money can buy , está completamente ausente en Un chien andalou . A lo largo de este filme, Luis Buñuel utiliza el montaje para contraponer imágenes, ampliar el significado de lo que se ve o, incluso, generar una “desconexión” con la realidad. Así, tenemos el caso de la escena más famosa de esta película —por no decir del cine surrealista— en la que, con un corte tras una escena de la luna atravesada por una delgada nube, se muestra una navaja de afeitar que corta un ojo, con lo que el espectador logra hilar ambas imágenes. En forma similar, observamos la ruptura de una unidad de espacio cuando la protagonista sale de su departamento y se encuentra inmediatamente en medio de un paraje rocoso sin edificios a la vista. A pesar de que existe esta fractura en el espacio y no existe una percepción objetiva del tiempo, el deseo sexual, que he mencionado antes como algo constante en estas obras, se convierte en un hilo negro, un factor organizador que guía la trama y le da una dirección: el conflicto se plantea como una búsqueda del amante o un rechazo por parte del mismo.

Esta misma sexualidad, en conjunto con una crítica a las familias adineradas, se observa en forma más exaltada en otro filme de Buñuel: L’Age d’or . Aquí observamos a los dos amantes en una desinhibición total que los lleva a la búsqueda constante por saciar el deseo sexual y, en el caso del hombre, a una agresividad desproporcionada —como se evidencia cuando golpea a la mujer que le derrama vino—. En esta obra Buñuel le da prioridad al encuadre para transmitir el efecto surreal, con lo que los hace menos metafóricos y, por lo mismo, más ácidos cuando se utilizan para un propósito crítico; el caso más claro es el de la empleada doméstica que cae muerta tras salir de una cocina que se incendia, ante lo cual ninguno de los burgueses reacciona. La contraposición entre esa muerte —o la del niño a quien balacean por una simple broma— y la indiferencia de los invitados funge, de esta forma, como un elemento absurdo capaz de producir risa y, al mismo tiempo, como una crítica dirigida hacia la sociedad de la época, insensible ante la muerte y la guerra. Por esta razón, no me parece gratuito que esta obra comience como un documental con tonos poéticos acerca de los escorpiones y termine con una referencia al Marqués de Sade.

Un perro andaluz

Entre estas críticas a la sociedad y su abandono de la lógica convencional, ver una película surrealista es como acompañar a Alicia en su camino por el País de la Maravillas. Uno puede encontrar allí una mezcla de símbolos y deseos; las reglas y actitudes de la sociedad, que muchas veces aceptamos sin cuestionar, adquieren algo de ridículo y en esa figura deformada tenemos la impresión de percibir una verdad.

Sin duda, Dreams money can buy , Un chien andalou y L’Age d’or son grandes obras entre las que el lector podrá sumergirse en otra realidad. Aquellos amantes de lo extraño y lo onírico encontrarán aquí algo de su agrado.

Puedes conseguir las recomendaciones en los siguientes links:
Un perro andaluz
Dreams that money can buy
L'Age d'or

Federico Ballí: narrador, poeta, ensayista y filósofo de clóset. Ha colaborado con la gaceta Lammadame, el blog Filopalabra y las revistas Nocturnario, Monolito y El comité 1973. En la actualidad, trabaja como editor y columnista en Filosofía de Clóset.