Palabra, Memoria, Ficción

Federico  Ballí  2019-04-22

Busqué la palabra en el espejo; no la encontré. Busqué el espejo en la palabra y encontré un laberinto. Parecería que ésta es la paradoja de la lengua. El mundo no refleja el contenido de las palabras, traslúcidas, vacuas, y las palabras construyen mundos que, aunque cercanos al real, no pueden evitar mutarlo, transformarlo, perderlo en pasadizos de acepciones y arbitrariedad. Todas las palabras se encuentran igualmente vacías o, como diría Borges,

“todos los idiomas del mundo […] son igualmente inexpresivos”.

Su materia es el sonido que, en conjunto con la imaginación, nos remiten a un mundo representado, a un imaginario. En este sentido hay un mundo real, en perpetuo cambio, inaccesible a nosotros, de tonalidades tan variadas que escapan al ojo y, por la misma razón, a la lengua. Es decir que la palabra es meramente una ficción, un cuento condensado en su más minúscula expresión; no recrea los objetos sino que los inventa al evocarlos: todo significado lleva la carga de un peso individual en los objetos.

Los espejos de Borges

En El idioma analítico de John Wilkins , Borges analiza el intento de Wilkins por crear una lengua universal, un lenguaje que, similar a la matemática, nos remita a la esencia de los objetos mediante el uso de categorías y subcategorías. Aquí, como el lector quizá ha intuido, se alzan dos problemas: en primer lugar, una división así nos llevaría a una infinita cantidad de categorías, o subcategorías, que se multiplican para abarcar todos y cada uno de los aspectos contenidos en un universo interminable —recordemos que una secuencia matemática tiene, precisamente, la característica de poder extenderse hasta el infinito. Además,

“no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué es el universo”;

las matemáticas enuncian meramente uno de sus aspectos —el cuantitativo—, pero las subdivisiones que propone Wilkins, o cualquier sistema que se le asemeje, buscan categorizar características cualitativas además de las cuantitativas y, en este sentido, toda clasificación de los objetos tenderá a recaer en la arbitrariedad.

En Funes el memorioso encontramos una puesta en escena de este concepto por el mismo Borges, quien, en este cuento, desarrolla la idea de la palabra como una ficción que nos permite subsistir y, además, le adhiere a esta primera ficción una segunda: la memoria. Como he desarrollado, la palabra es ficción porque encierra los objetos que trata y al mismo tiempo no trata ningún objeto: una misma palabra cambia su naturaleza dependiendo de las circunstancias en las que se utiliza. Así, por dar un ejemplo, Borges (personaje del relato) y Borges (escritor) nos remiten a un mismo objeto, pero éste posee distintas cualidades en una u otra circunstancia. De la misma forma, la memoria es una ficción en cuanto a que se manifiesta como un lenguaje del pasado, una recreación que difiere, en mayor o menor medida, de lo que sucedió; al igual que la palabra se transforma por la interpretación del individuo, en la memoria el pasado se transforma por la carga individual, la óptica del médium que lo resucita. Es por esto que Borges personaje sospecha que Funes

“no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, generalizar, abstraer”.

Al igual que un lenguaje matemático nos llevaría a perdernos en una infinidad de subclasificaciones, una memoria perfecta nos invita a perdernos en una infinidad de detalles. Funes, capaz de recordarlo todo, busca clasificar y reclasificar cada objeto y ligarlo a un sistema infinitamente complicado que evidencie los detalles:

“En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”.

La virtud de la memoria, al igual que la del lenguaje, es su imperfección. Tratar de clasificar cada diferencia, rememorar cada detalle, es una tarea tan inútil como imposible: cada hoja de cada árbol es distinta y, además, cambia a cada segundo. La memoria, debido a su imperfección, a su capacidad de retener sólo algunos detalles, es ficción, la representación de un pasado de cuyas partes quizá no todo fue real. Una memoria perfecta sería el equivalente a la locura, a lo divino, porque recordar un momento vivido equivaldría no sólo a revivirlo, sino a delinear cada detalle. Borges, con la memoria imperfecta, parafrasea o rememora la anécdota que nos relata. Por el contrario, Funes queda paralizado, ‘tullido’, en su intento por reflejar la realidad; Borges (personaje) crea una ficción, sin quererlo, al relatar sus memorias: la memoria, cambiada, ya es ficción.

He delimitado dos tipos de ficciones que parten de una representación de la realidad ante su incapacidad de reflejarla: la ficción que se crea en las palabras y la ficción que se crea en la memoria. El único medio de reflejar la realidad —aunque la imagen reflejada no sea completa— es mediante el espejo. Hay en el espejo la conjunción entre lo real y lo inasequible. En él se reproduce una figura, pero ésta pierde algo al entrar en su mundo, se invierte y, en el peor de los casos, queda desfigurada. De la misma forma, la literatura, aunque busca reflejar lo humano, siempre lo hace mediante una realidad que difiere de la nuestra, mediante la construcción de un nuevo mundo, a brave new world . Los espejos son laberintos porque fungen como puerta a un nuevo universo en el que, si no tenemos cuidado, podríamos perdernos. De la misma forma, la ficción es un laberinto que nos abre la puerta a estos mundos tan similares al nuestro. Este tema, de la ficción y la literatura como espejo, es el que retoma Borges en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius .

En este cuento, Borges genera una puesta en abismo en la que una realidad da a luz a una ficción que termina por dominarla. Así, en un primer plano tenemos nuestro mundo (el de Borges escritor); en un segundo plano, Borges escribe un espejo del mundo real, con personajes que existen, llamémoslos históricos, pero con pequeñas a lteraciones: personajes ficticios y obras inexistentes, que lo revelan, lo desenmascaran, como ficción. Por último, dentro de este mundo ficticio, que actúa como espejo, se inserta Uqbar, el proyecto de país que se transforma en mundo literario: Tlön. Si el mundo del cuento es un reflejo del mundo real, Tlön es una ficción, una realidad fantástica. El primer mundo nace del espejo, el segundo mundo nace de

“la conjunción de un espejo y una enciclopedia”.

Las diferencias entre Tlön y la realidad en el cuento, sólo se acrecientan mientras más se sumergen los personajes en este mundo. Lo que inicia como un universo que podría ser el real, basado en la premisa de

“que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de hombres”,

se transforma en un mundo fantástico en el que habita una fauna imposible y donde se utilizan objetos inimaginables. Estas diferencias son, paradójicamente, lo que conquista el interés del público; no es lo cercano a la sociedad humana, sino, por el contrario, lo fantástico: los tigres transparentes y los espejos de piedra.

Frente al espejo

La lengua en los dos casos de Tlön surge como una forma de recrear y describir el pensamiento y las personas. Al crear un nuevo mundo las lenguas que se utilizan en el nuestro no bastan, es necesario crear una propia que embone con la mentalidad, con el engranaje de esa realidad. Hay, en este sentido, dos lenguas que engloban los dos hemisferios de la literatura: la que es descripción, definición que modifica al sustantivo como la ficción lo hace con el mundo real, y la que surge del verbo, de la acción que describe y a la vez narra. Así, tenemos la lengua que es sólo adjetivo, que simplemente modifica y, al hacerlo, describe; en ella el sustantivo queda sepultado, adivinado, bajo una serie de adjetivos que al rodearlo lo dibujan, hacen el bosquejo. Por otra parte, la lengua que nace del verbo es una puesta en movimiento constante, al ‘verbisar’ el sustantivo, se crea la imagen en que todo es movimiento.

Federico Ballí: narrador, poeta, ensayista y filósofo de clóset. Ha colaborado con el suplemento cultural Confabulario, la gaceta Lammadame, el blog Filopalabra y las revistas Nocturnario, Monolito y El comité 1973. En la actualidad, trabaja como editor y columnista en Filosofía de Clóset.