Abril 7, 1928 (o Marzo 29, 2019)

Santiago  Gómez  Sánchez 2019-05-06

La primera vez que leí El ruido y la furia , de William Faulkner, tenía diecinueve años. Posé mis ojos sobre sus páginas por primera vez en la Alameda Central; me volé una clase y me senté en una banca sola. Me dispuse a leer tranquilamente uno de los textos claves de la literatura universal, que me despertó un sentimiento novedoso y extraño. La primera lectura no me hizo maravillarme ante el estilo narrativo de Faulkner (¡oh!, de qué manera tan deliciosa traza aquellos flujos de conciencia), más bien, me hizo sentir como un completo estúpido. Pensé: “tal vez no estoy hecho para estudiar literatura”, es más, no estaba hecho para volver a leer ningún texto, jamás. Mi vida había sido fulminada por un gringo muerto y de nombre William. Había tocado fondo.

Cartas de Faulkner

Pero creo que esto les ha pasado a todos, ya sea con El ruido y la furia o con cualquier otro libro igual de no ortodoxo y retador como éste. Además de que ahora, releyendo este texto, me doy cuenta de por qué me provocó estas emociones tan tajantes la primera vez que me acerqué a él: El ruido y la furia es un texto que te exige, o más bien, que te obliga a que lo leas con una relatividad total; yo, de alguna manera, me negaba a escapar de mi subjetividad para adentrarme en la de los personajes de Faulkner. Pero te golpea de una manera tan abrumadora y violenta desde el primer capítulo que es natural sentirte desconcertado como lector. Por más subjetiva y en primera persona que sea la voz de una novela, por más que sepamos que lo escrito no es nuestra realidad, estamos acostumbrados a que el texto se rija por ciertas leyes que nos remiten a nuestra propia visión de la realidad: el narrador se expresa igual que nosotros, o piensa de manera similar a nosotros, concibe ciertas cosas como nosotros. Sin embargo, el primer capítulo de la novela escapa completamente de las convenciones narrativas a las que estamos acostumbrados: la realidad de Benjy se aleja de manera estratosférica de la mía. Se aleja de cualquier realidad con la que he tenido contacto. Aquí es donde reside la fuerza y el empuje de la narración de Faulkner: en el adentrarse a realidades de las cuales nunca hubiéramos considerado como posibles.

“Solo conocemos de las cosas lo que nosotros mismos ponemos en ellas”

dijo alguna vez un filósofo prusiano, y ninguna otra frase haría más eco al contexto de El ruido y la furia como ésta. Regresemos a Benjy: lo que conocemos de su familia, de su madre, de Luster y de T.P. no es lo que estas personas realmente son, sino más bien es lo que Benjy hace de ellas; no conocemos más que lo que Benjy deposita en ellas. Este primer narrador no interpreta las cosas, no las procesa, tan solo las observa, casi como si fuera una cámara cuyo único propósito es el de grabar fuera de la escena: siempre desde lejos. Benjy, comparándolo con los otros tres narradores que tiene la novela, parece siempre ser el más objetivo. En su narración, y en la manera en que este personaje ve a las personas que lo rodean, no emite juicios, tan solo nos cuenta lo que sucede a su alrededor. Es más, ni siquiera nos habla de sus sentimientos, nunca sabemos lo que sucede dentro de él. A diferencia de sus hermanos, que cargan y bombardean de juicios a Caddy, pareciera que Benjy es sumamente indiferente ante esto, y por eso nos resulta tan “objetivo”; aunque sabemos en el fondo que no lo es.

Desde la filosofía de Hegel, Benjy sería una conciencia que se queda plenamente en el ámbito de la “cosa-ahí” y nunca logra transgredir al plano de la autoconciencia, mucho menos al de la razón. A lo largo del primer capítulo, nos percatamos que la realidad de Benjy se construye prácticamente gracias a los sentidos, principalmente el tacto, el olfato y la audición. Por lo anterior, nos resulta tan desconcertante y extraño adentrarnos en la novela, porque este personaje no tiene una realidad sólida y concreta, sino que la crea a partir de los fenómenos que se le presentan. Así, entendemos por qué el narrador siempre está refiriendo a la manera en que Caddy huele (a árboles), o la voz de su madre enferma llamando a uno de sus hermanos. Por medio de estos “disparadores” es que Benjy configura su realidad.

Esta “configuración de la realidad por medio de los sentidos”, nos hace creer que el personaje no vive en un tiempo y espacio concreto. El primer capítulo, seguramente ocurre en un pequeñísimo lapso objetivo, pero el tiempo subjetivo que este personaje está viviendo es de una gran extensión. Además, no creo que podamos llamar “memorias” a lo que Benjy nos está narrando; es más bien como si lo estuviera viviendo de nuevo. Todos estos instantes que nos son presentados se archivan bajo las sensaciones que Benjy vive: bajo “olor a Caddy” están guardados ciertos momentos y bajo “la voz de su madre” otros. Y aquí es donde el autor de Crítica de la razón pura entra en cuestión, ya que pareciera que este narrador no posee los dos a prioris importantes de tiempo y espacio. Si fuera de esta manera, entonces leer este primer capítulo no sería un reto, no confundiría a nadie y todo correría tan suave como la brisa en un día de verano. Mas Faulkner demuestra la imposibilidad del tiempo y del espacio como a prioris universales al adentrarnos en la realidad de Benjy, quien tan solo fluye en el extraño continuum de sensaciones que es su vida.

Este flujo eterno que parece que es la vida de Benjy se da justamente (y aquí volvemos a recaer a las ideas de Kant) porque es un ser que no aprende. Cuenta con lo sensible, con sus percepciones, pero no con un entendimiento capaz de hacerlo llegar al conocimiento. Es por eso que las experiencias que Benjy nos relata no son memorias, sino son las experiencias en sí (vividas y miles de veces repetidas), porque este personaje, al no lograr abstraer estas percepciones, se ve condenado a vivir, siempre, por medio de las percepciones y a estar eternamente reviviéndolas, porque es incapaz de regresar a ellas como memorias (que son en esencia abstracciones).

El ruido y la furia

Alguna vez, Ezra Pound sostuvo:

el valor (científico, por así llamarlo) de la literatura es mostrar que los individuos somos diferentes, que la realidad no es una y cada uno la vive e interpreta de manera distinta.

El ruido y la furia demuestra, de manera tajante, la forma tan distinta en que nosotros nos desenvolvemos como personas y en nuestra realidad. La novela de Faulkner es un caleidoscopio de sensaciones, emociones y sentimientos que resulta tan gratificante como retador leer. Una obra que da cuenta del ruido y de la furia, siempre presente en cómo vivimos y leemos nuestra vida.