Temporada de cardos

Gabriela Alexandra  Páez  Covarrubias 2019-05-13

No me gustaba ir al cementerio. Debíamos ir cada domingo, caminar bajo el sol a las doce de la mañana por casi un kilómetro y con el calor insoportable cuando el cemento lo absorbía. A esa hora, una semana después, más o menos, pasaron la noticia de unos cuerpos abandonados en la gran avenida principal bajo un monumento de los voladores de Papantla.

Diez mujeres y veintitrés hombres en ropa interior, amarrados con cintillos de plástico para tubos de fontanería, golpeados hasta ser casi irreconocibles. Un par se encontraban en la base del monumento, mirando hacía el cielo. Si se veía al amanecer, aquella imagen (los cuerpos acostados sobre su espalda y los cuerpos artificiales de los voladores apenas cayendo) parecía una versión mexicana de La creación de Adán. (Fue la peor matanza).

Trabajadores de la SEMEFO concluyeron que los dejaron en la madrugada, cerca de las tres para amanecer a lunes; a las doce del mismo día ya se habían llevado la lona y la mayoría de los cuerpos. Ese día no alcanzaron los camiones de los forenses y pidieron apoyo a la policía. A veces, durante las madrugadas, me pregunto si entre los cuerpos inertes se llevaron algún cadillo enterrado. (¿Era temporada de cardos?).

Para las noticias, fueron las víctimas inocentes de una pelea entre cárteles, grupos armados que entraron con el “queridísimo” Carriano, enemigos entre sí. Otros encabezados afirmaban: “los muertos eran ‘halcones’ de los Exis y por eso el otro grupo los aniquiló”. (Sólo Dios sabe).

Recuerdo aprender la diferencia entre las ráfagas de disparos y los fuegos artificiales; las moscas gusaneras y los helicópteros volando a ras de edificios pequeños (esos de cuatro pisos).

Conforme crecía, más cardos se aferraban a mis pantalones. Seguramente porque corría entre las tumbas y no los evitaba. Después de tanto verlos y aprender a agarrarlos, a tal punto que ya tenía callos en los dedos pulgar e índice, llegaba a casa a contarlos y los guardaba en una cajita para que se secaran. Examinaba todos, solo me quedaba con aquellos cuyas espinas estaban completas. Los elegidos formaban parte de mi experimento: solía aventárselos al cabello de mis compañeros de escuela, otros los pegaba en su ropa cuando me despedía (quería que fueran libres).

Sueño cuentos

Dudo que las almas de aquellas personas en la avenida pudieran ser libres. Sí, ya no estaban en su cuerpo físico, pero… ¿habrán ido al cielo, al limbo o se quedaron donde aparecieron muertos? Tres semanas pasaron y aún seguía el cemento con manchas carmesí obscuro.

Pocos años después, se construyó una plaza del otro lado de la calle, su estacionamiento salía directamente a la avenida, más o menos cerca de la misma altura donde fue la matanza. A cada coche que salía por ahí (pues había otra manera de salir) le pasaba algo y terminaba por chocar.

Decían que no habían visto el otro coche, o que no traía luces, o que iba a exceso de velocidad, o… (que eran los fantasmas de aquellas personas, yo siempre lo pensé, aunque todos me decían loco porque “esas cosas no existen”). Una sola vez encontré un cardo negro. Ese fue mi favorito entre todos. Lo guardé en un alhajero de cerámica.

Cuando me volví un “adulto”, ya vivía en un lugar completamente corrupto. Muertos en la calle a las seis de la tarde, la introducción de la milicia como policía (cambio que aún no ha sido levantado, aunque ya hay otro gobernador), balaceras de tres puntos: de un lado la milicia y en los otros dos, un par de cárteles. (¿Y los civiles? Nadie piensa en ellos). La violencia creció exponencialmente hasta tener los feminicidios.

Poco tiempo después, me mudé a un fraccionamiento ni muy caro ni muy barato. Claro que me llevé mis pequeños cardos y cadillos. A los seis meses, sucedieron veintitrés ráfagas de balas (veinticinco feminicidios, sesentaisiete homicidios, cuarenta y tres secuestros).

Me di cuenta que aquella obsesión que tenía con los cardos sirvió de algo. La milicia acababa con la cabecilla de algún cártel y salía otro, como la Hidra de la mitología. Salían y salían y salían. Sé que era verano, porque se cundió de cardos. Cardos, cadillos, espigas y sangre.

Gabriela Páez, jarocha ventiañera (más un año) y crochetista de historias alimentadas con humor negro y crítica a la sociedad. Especialista en personajes obsesivos y curiosos (como cualquier otro de nosotros). Adora ver la realidad a través de una cortina oscura y cínica para crear mundos aún más torcidos, y es necesario decir que no hay eventos más curiosos en comparación con México.